En mi ingenuidad, me resisto a pensar que la química manda y que como organismo vivo gran parte de las respuestas —al entorno siempre hostil— están condicionadas por ella. Como especie compartimos una serie de características comunes, pero gracias a la inteligencia y con ella el desarrollo emocional, cada especimen de Homo sapiens cuenta con características propias que le diferencian del resto.
Esta particularidad, eso creía yo, nos había permitido liberarnos de determinados yugos, como el de la elección de los mejores individuos para la continuidad de la especie, y nos había dotado de una cierta libertad para gozar del amor y de la sexualidad.
Entonces van los científicos, se meten en el laboratorio, realizan sus pruebas y ¡zas!, encuentran patrones comunes que le restan un poco de romanticismo al asunto. Ahora va y resulta que los estados alterados de conciencia —como decía la humorista argentina— también mandan como grupo y que el estrés condiciona la elección de compañera. De hecho, sin rubor, conluyen que los hombres encuentran más atractivas a las gorditas que a las escurridas cuando viven sometidos a esa presión.
El estrés no deja de ser un mecanismo de respuesta del organismo ante situaciones de alerta que nos permite adoptar decisiones ante situaciones nuevas. Se puede resumir como una respuesta primitiva de nuestro organismo que lo prepara para el ataque o la huida frente a situaciónes de peligro. Así las cosas, una dosis moderada de estrés no tiene que ser mala per se, ya que nos ayuda a emprender tareas y resolver problemas. Ahora bien, si estamos ante situaciones de estrés continuas y constantes, es decir, si este tipo de situaciones se repiten con demasiada frecuencia o se prolongan en el tiempo, provocan diferentes tipos de trastornos.
Las principales se pueden resumir en una descarga de adrenalina (que fuerza la producción en masa de esta hormona), tensión muscular, aceleración de la respiración, del ritmo cardiaco y la presión sanguínea, sequedad bucal, aumento de la sudoración y dilatación de las pupilas.
Si lo trasladamos al terreno psicofísico, se puede traducir en trastornos del sueño (dificultades para dormirse y/o para tener un sueño continuo), fatiga, pérdida de apetito, trastornos gastrointestinales (indigestiones, diarreas, úlceras, etc) y cardíacos y dolores de cabeza. Eso sin contar la ansiedad, nerviosismo, mayor irritabilidad, dificultades para la concentración e incluso disfunciones sexuales.
Pues a esta lista añadan la alteración de nuestra percepción a la hora de elegir potenciales parejas.
En términos de atracción sexual entre nosotros se sabe que la simetría puede resultar un factor determinante y también se había avanzado que otra serie de factores,como la influencia del medio y el hambre, para determinar patrones de conductas a la hora de elegir pareja (cuando el hambre aprieta o cuando hay pocos alimentos, los gordos y gordas representan salud y por lo tanto son considerados como atractivos para determinadas culturas o zonas del planeta).
Pero este experimento, publicado en Plos One, dividió en dos a un grupo de individuos. A unos les sometió a situaciones estresantes y al otro grupo no. Luego comparó sus preferencias y los resultados arrojaron una curiosa relación: en un contexto de mayor estrés se tiende a considerar atractivas a parejas con un mayor rango de masa corporal.
Llegados a este punto, al final, parece que en lugar de someterse a una dura dieta light para fijar la atención del contrari@ va a resultar más provechoso estresarlo.
Enrique Leite





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