Si hiciéramos una encuesta entre la población masculina sobre sus órganos preferidos, seguramente la cabeza alcanzaría el segundo lugar —huelga aseverar cuál ostentaría el galardón de favorito—, pero una cabeza llena de pelo. A pesar de ciertos calvos divinos y la aceptación en los nuevos cánones de belleza, la ausencia de pelo en la azotea, nada tan patético entre los que presumen de testosterona como comprobar sus desvelos ante la indeseable pérdida de sus apéndices capilares.
La calvicie ha sido motivo de preocupación de personajes ilustres (como Julio César o Napoleón Bonaparte), sus causas y consecuencias han llenado páginas y páginas y ha desarrollado la imaginación de peluqueros, esteticiennes y fabricantes de apliques y otros remedios artificiales para tapar el cartón, charlatanes y tramposos se han forrado a costa de esta preocupación ofreciendo sus ungüentos milagrosos y seguramente en la historia de la farmacología jamás se han dedicado tantos fondos —algo tendrá que ver la industria del ramo— para dar con el producto que nos evite la vergüenza de mostrar nuestra desnudez craneal.
De entrada, el pelo en los mamíferos cumple una función puramente térmica —protección ante el frío— y que se sepa el humano ha cubierto la carencia del mismo cubriendo su cuerpo —incluida la cabeza– con el textil. En cualquier caso, y siguiendo esta estela, allá va un aviso para navegantes: las células de grasa podrían acabar con la calvicie.
Esta nueva línea de investigación parte del trabajo que se desarrolla en varios laboratorios sobre las células madre —las mismas que podrían remediar la tetraplejía o el cáncer—. Un grupo de norteamericanos ha conseguido demostrar que ciertas células madre que existen en la capa de grasa que tenemos bajo la piel son las encargadas de determinar cuándo crece el pelo a través de una molécula llamada Factor de Crecimiento Derivado de Plaquetas (PDGF). Es decir, que son las encargadas de dar la orden a nuestro cuerpo para que crezca el pelo. Esta capa de células se expanden cuando se produce este crecimiento (adipogénesis) mientras que se retraen cuando desaparece el vello capilar.
Cuando el varón pierde el pelo, estas células madre parece que permanecen silentes, sin actividad, pero no desaparecen. No han muerto, viven tranquilas en la raíz del pelo, es decir, en el espacio que ocupaban. Bastaría con volver a activarlas para que de nuevo una frondosa cabellera cubriera las calvas. Y en ello están, en determinar el mecanismo para que, perezosas ellas, vuelvan al trabajo.
Es cuestión de tiempo, poco, encontrar el remedio. Seguro que estas líneas de investigación no acabarán sufriendo los recortes que otras van a padecer por mor de la crisis. Como dice el refrán, donde hay pelo hay alegría.





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