Los comentaristas y periodistas deportivos actúan a la vez como divulgadores de disciplinas de lo más variado y como inventores impenitentes de palabros o desvirtuadores de la realidad. En ambos empeños tienen gran éxito. Vocablos como juego intermitente, la madera repelió el balón, victoria pírrica (para referirse a ganar por un gol cuando su auténtico significado es una victoria con muchas bajas que se puede convertir en desfavorable para el ganador) o jugador de gran envergadura (en lugar de altura) son patadas al diccionario tan comunes a las que ya no se da la mayor importancia.
Pero del mismo modo y a su favor, hay que subrayar que a lo largo de las retransmisiones deportivas —sobre todo en las de muy, muy larga duración—, ejercen un papel de divulgadores científicos y explican, por ejemplo, aspectos relacionados con la dieta y el funcionamiento del cuerpo humano que llegan a más gente de la que podría imaginar el profesor más exitoso.
Recientemente, en este tipo de retransmisiones se ha abandonado la imprecisa palabra agujeta para relacionar los problemas derivados del esfuerzo múscular por un concepto mucho más técnico y científico: continuar haciendo ejercicio para eliminar el ácido láctico y afrontar con garantías la próxima prueba.
Y así es, el ácido láctico es la sustancia que resulta de metabolizar la glucosa cuando los músculos trabajan a pleno rendimiento y es la responsable de que aparezca la fatiga y baje su rendimiento. Se produce cuando no hay oxígeno, mientras se lleva a cabo la descomposición de la glucosa (es decir, cuando se realizan ejercicios anaeróbicos: esfuerzo de mucha intensidad y poca duración).
La acumulación de este ácido provoca la acidificación de las fibras musculares, es decir, por una parte se inhiben las encimas que rompen la molécula de glucosa y, por lo tanto, deja de llegar energía a los músculos y, por otra, impide que el calcio se una a las fibras musculares y surgen las contracciones (o calambres o tirones). Es decir, surge la fatiga.
Para el común de los mortales, que se acumule el ácido láctico no representa mayor problema. Basta con dejar de hacer ejercicio y esperar a que vaya depurándose poco a poco de nuestro organismo, pero para los deportistas de élite, que tienen que someterse a la tensión máxima en ocasiones en poco tiempo —como correr una prueba por la mañana y las tres horas otra—, es un motivo de grave preocupación.
Los preparadores físicos lo saben bien, como también conocen que mediante un simple análisis de sangre se puede saber cuál es la máxima proporción de ácido lactico que puede soportar cada organismo. Con estos datos pueden preparar los periodos de entrenamiento de cada deportista para que alcancen el rendimiento muscular óptimo.
No hay ninguna solución milagrosa: a más entrenamiento menor capacidad de producir ácido láctico y para evitar su acumulación lo más conveniente es seguir realizando ejercicio por un periodo de tiempo que puede ser de media hora al umbral de nuestro rendimiento o de cinco minutos a un ritmo superior. Es la única manera para retrasar la aparición de la fatiga.
Eso o, como decía aquel cuando le entraban ganas de trabajar, lo mejor es sentarse… y esperar a que nuestro organismo se recupere.





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