Todos los seres vivos, animales o plantas, dejamos rastros de nuestra edad. Siendo niño, al contemplar un tronco cortado, me resultó fascinante saber que ese dibujo con forma de diana en su interior no era otra cosa que una representación gráfica del DNI, que por cada anillo había que sumarle un año al árbol. Luego, no dejó de inquietarme la afirmación de un lugareño de que a los burros se les reconoce su edad mirándoles la dentadura (ya saben: “A burro regalado no le miren el diente”).
Pasaron los años y comprendí que las arrugas son la expresión de la edad en los humanos, aunque hay algunos especímenes que, a base de aplicar cirugía u otro tipo de ungüentos, se empeñan en camuflarlos. Pero no es un método preciso, ya que la piel envejece por múltiples razones, entre ellas la exposición a los rayos de sol.
Para conocer la edad de un ser humano basta con analizar un poco de su saliva. Y con un margen de error mínimo. La saliva contiene nuestro ADN, es decir, toda nuestra información genética. Pues bien, una de las cinco partes básicas que forman este código es la citosina. La citosina sufre una modificación química según vamos envejeciendo. A este proceso se llama metilación y en función del cuadro que presente podremos determinar cuál es la edad de a quien se le haya escapado un poco de saliva.
Un test desarrollado por Científicos de la Universidad de California (UCLA) ha conseguido medir este proceso de metilación; es decir, que es capaz de determinar la edad biológica de cualquiera.
Desde luego, parece el argumento de una de esas series de policías que están triunfando y que se basan los avances forenses para destripar los asesinatos. Pero también puede resultar útil para otro tipo de investigaciones, como por ejemplo determinar la edad de atletas procedentes de países más subdesarrollados y que no tienen un censo pormenorizado de sus habitantes. O, siguiendo con técnicas policiales, para determinar si son menores o no algunos de los desesperados inmigrantes que llegan en patera a la vieja Europa, víctimas de los nuevos tratantes de humanos.
Pero volviendo al terreno de lo científico, este test podría, en un futuro no muy lejano, calcular la edad biológica de una persona, que no necesariamente puede corresponder a la edad cronológica (podemos envejecer más rápido o más lento de lo que diga el calendario) y, a través de ese conocimiento, evaluar el riesgo real que tenga esa persona de empezar a padecer enfermedades vinculadas al envejecimiento.
Enrique Leite





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