Así leído, podría parecer el eslogan de una campaña institucional para que hagamos algo de ejercicio, basado en un mensaje un tanto apocalíptico relacionando hábitos de vida con la muerte, un hecho que a la mayoría, cuando menos, nos inquieta (pocos son, afortunadamente, los que dicen hasta aquí he llegado y que paren el mundo que me apeo). Sin embargo, pasar tres horas menos sentado puede añadir dos años más de vida, sí. Y si a permanecer menos tiempo en esta posición anatómica de teórico descanso corporal le añadimos reducir el tiempo dedicado a ver la televisión en dos horas, pues otro año y medio de vida extra más.

Bien pensado, ese es el mensaje a transmitir en las siguientes líneas. Ahora bien, no es una sentencia, pero si un colorario a todo un rosario de estudios que desde hace muchos años se llevan haciendo en diferentes departamentos universitarios repartidos por todo el mundo y que, estudiados estadísticamente, dan estos resultados tan gráficos.

No vamos a detenernos en esos trabajos de investigación que han demostrado el vínculo existente entre la falta de actividad física del hombre moderno y el riesgo de contraer enfermedades como la diabetes de tipo 2 o padecer trastornos cardiovasculares.

Pasamos aproximadamente unas cinco horas de las 24 que tiene el día sentados, ya sea en el puesto de trabajo o en casa, y unas siete tumbados (durmiendo). Es decir, más de la mitad de nuestra vida se organiza en torno a actividades sedentarias.

Si cruzamos este dato (son promedios de diferentes trabajos realizados en el llamado primer mundo) con los datos de mortalidad en la población, un grupo de científicos del Hospital Brigham y de otras universidades norteamericanas han establecido una curiosa relación: un 27% de las muertes se asociaban con parámetros de vida sedentaria (permanecer en una silla o un sofá) y un 19% de los decesos correspondían a personas cuya actividad de ocio fundamental era mirar la televisión.

Son datos que surgen del cruce de datos, y por tanto, corresponden a un diseño teórico’y sus conclusiones no se debieran trasladar miméticamente a los individuos. Es decir, no quieren decir que una persona sedentaria viva dos años menos que una persona activa como regla inmutable, ya que la mortalidad depende de otro numeroso grupo de causas (por ejemplo la alimentación, la genética del individuo, el ambiente donde viva, etc). Pero sí describen una tendencia de impactos que son contra natura a nuestra condición de Homo sapiens.

Salimos (los humanos) a la palestra del planeta como unos organismos adaptados para cazar o recolectar nuestros alimentos y con una definición ergonómica concreta. Luego, por mor de nuestra propia evolución, nos hemos ido adaptando a un tipo de vida más sedentaria, y por qué no decirlo también, más sana en algunos aspectos (como son los avances en higiene, hábitos alimentarios y médicos).

El caso es que hemos llegado a una situación en la que podemos vivir de media más tiempo, pero es necesario ajustar nuestro comportamiento. Llegados a este punto, es el momento de apagar el ordenador y reflexionar (practicando algo de ejercicio si es posible) sobre si nuestro patrón de vida corresponde al de un animal diseñado para hacer algo más que contemplar como la vida pasa a nuestro alrededor.

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