El hundimiento del Titanic el 15 de abril de 1912 ha conquistado el imaginario colectivo, convirtiéndose en el arquetipo del naufragio. Supuso una conmoción a nivel mundial: se crearon numerosas comisiones de investigación para intentar explicar lo que pasó y, de paso, intentar mejorar la seguridad marítima estableciendo nuevas regulaciones. Se concluyó que el buque no disponía de botes salvavidas suficientes y que la tripulación estaba insuficientemente entrenada para enfrentarse a un naufragio.
Pero la realidad fue mucho peor. El Titanic se hundió muy lentamente en medio de un mar totalmente en calma. Y hubo tiempo de salvar muchas más personas. La gente murió de hipotermia en un mar helado. Pero los botes salvavidas se infrautilizaron. De los 20 botes salvavidas que se arriaron al agua, la mayoría iba semivacía. Botes con capacidad para 60 personas —y que en las condiciones de mar calmada reinantes hubiesen podido cargar a mas de 100 sin peligro alguno— se arriaban a menudo con menos de 20 personas. ¿Por qué?
La costumbre de la época era que los hombres dejaran subir a los botes salvavidas primero a las mujeres y a los niños. Algunos hombres (pocos, a juzgar por los supervivientes) lo hicieron. Pero sobre todo fue un problema de clasismo: la tripulación del Titanic, siguiendo órdenes, atendió en primer lugar al salvamento de los pasajeros de primera clase (de ellos se salvó más del 60%). Después se permitió la salida de los de segunda (se salvó el 42%). La tripulación, literalmente, encerró (incluso se les amenazó con pistolas) a los pasajeros de tercera impidiéndoles acceder a la cubierta de botes. Apenas un 20% de pasajeros de tercera se salvó. Sin embargo, los pasajeros de tercera eran en su mayoría más jóvenes fuertes y ágiles que los de primera.
Años después, una nueva tragedia naval demostraría la conducta criminal seguida en el Titanic. Se trata del hundimiento en la noche del 5 de mayo de 1916, frente a la isla de Ilhabela (Brasil), del trasatlántico más moderno de la Marina Mercante Española, el Príncipe de Asturias, un magnífico vapor de la compañía Pinillos en ruta desde Barcelona a Buenos Aires.
El Príncipe de Asturias se fue a pique en mucho peores circunstancias que el Titanic: se hundió en pocos minutos (muchos sobrevivientes sospechan que fue torpeado por un submarino alemán; a fin de cuentas, se estaba en plena Gran Guerra), estaban en medio de un fuerte tormenta con mar arbolada y gran aparato eléctrico y el agua no estaba fría, pero sí infestada de tiburones.
Aunque perecieron unas 600 personas, en el barco todos fueron iguales a la hora de salvarse. Incluso hubo comportamientos heroicos por parte de la tripulación. El resultado fue que sobrevivió el 13% de los pasajeros de primera clase, el 15% de los de segunda y el 19% de los de tercera. Justo lo que cabía esperar de la condición física de los pasajeros.
Seguramente, el Titanic encerró una de los mayores conductas criminales de la élite de una nación que dominaba el mundo en base a su supuesta superioridad moral y civilización.
Por eso hubo que crear tantos mitos alrededor del Titanic, mientras que los muertos de Príncipe de Asturias pudieron descansar en paz.
Eduardo Costas, catedrático de Genética y patrón de barco





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