Empecemos con un juego. Se elige un hombre al azar de entre toda la población española. El hombre resulta ser soltero, católico practicante, un tanto melifluo y meapilas. ¿Usted qué cree: se trata de un obrero de la construcción o de un cura?
Parece evidente que se trata de un cura. A fin de cuentas, sus características coinciden mucho más con las del estereotipo de una persona salida de un seminario que con las de un recio obrero de la construcción…
Pero no. Hemos tomado una decisión errónea. Casi seguro que se trata de un obrero de la construcción. A fin de cuentas, en España hay muy pocos curas y muchísimos obreros de la construcción (aunque muchos estén en el paro). Incluso hay muchos más obreros de la construcción solteros, católicos practicantes, un tanto melifluos y meapilas que curas. Y el quid de la cuestión es que “se elige un hombre al azar entre toda la población española”. Pero nuestra intuición nos juega una mala pasada: no emplea la estadística y, en cambio, utiliza un prejuicio sobre cómo son los curas.
Durante el siglo XX, se pensó que la toma de decisiones se basaba en un proceso racional. Este proceso racional calculaba intuitivamente las probabilidades, costes y beneficios de nuestras decisiones y elegía lo mejor. Existía una estadística intuitiva innata (con base genética depurada por la selección de los que mejor acertaban) que llevaba a la gente a tomar casi siempre las decisiones correctas. Y desde el maestro Keynes, incluso los modelos de economía de mercado se basan en el llamado “consumidor inteligente”, un consumidor medio que casi siempre toma bien sus decisiones económicas.
Existía una fuerte evidencia al respecto: Noam Chomsky demostró que existía un dispositivo cerebral innato (el “órgano del lenguaje“), que permite aprender y utilizar el lenguaje de forma correcta: cualquier niño de 4 años emplea perfectamente las reglas gramaticales para hacer complejas construcciones de lenguaje (incluso tiempos verbales que no ha utilizado ni escuchado antes). Y no sabe absolutamente nada de gramática. Hasta entonces, se pensaba que la adquisición del lenguaje se producía por medio del aprendizaje (como cualquier otra destreza humana).
Con el tiempo, incluso se conocieron algunos de los genes implicados en el órgano del lenguaje de Chomsky (como el gen FOXP2). Por supuesto, el importantísimo descubrimiento de Chomsky tuvo profundas repercusiones en psicología, economía, política, medicina… hasta el punto de que Chomsky —profesor del MIT— está considerado el más importante de los pensadores contemporáneos.
Pero tras décadas de estudios, Amos Tversky y Daniel Kahneman demostraron que con la toma de decisiones no existía nada parecido en nuestro cerebro al “órgano del lenguaje”. Al no haber un “órgano de la estadística”, tomamos intuitivamente mal la gran mayoría de nuestras decisiones que implican cálculos estadísticos. Innatamente, “somos de letras”: nuestro cerebro, que no tiene problemas para el idioma, solo toma decisiones racionales tras un largo y delicado aprendizaje “numérico”, y aun así la mayoría de las veces se equivoca.
Daniel Kahneman, profesor en Princeton, fue Premio Nobel de Economía en 2002 (aunque no es economista). Su aportación fue demostrar que, contrariamente a lo que se pensaba, la gran mayoría nuestras decisiones económicas son erróneas. Más que “consumidores inteligentes”, somos “consumidores estúpidos”.
¡Así nos va!
Eduardo Costas y Victoria López-Rodas.
Catedráticos de Genética





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