El sol cae a plomo, tanto que el horizonte se vislumbra difuso y pareciera desprenderse vapor de agua del asfalto. Y aun así, podemos ver por la calle personas que, envueltas en una película de sudor, se debaten en una coreografía que llaman footing o, tensionados, se afanan en un cadencioso pedaleo sobre una bicicleta.

Algunos practicarán ejercicio físico regularmente, pero la mayoría solo de modo ocasional y se someterán a este suplicio por una moda mal entendida o por la tirania de la báscula. Unos y otros están jugando a la lotería y están exponiéndose a un golpe de calor, que puede llevarlos al otro barrio.

Literalmente, un golpe de calor es eso, una súbita subida de la temperatura corporal que provoca un colapso de nuestro organismo al superar los 40º. El diseño del organismo humano está programado para no funcionar por encima de esta temperatura, el cerebro empieza a destruir y las órdenes que manda comienzan a ser defectuosas. Si no se detiene —se equilibra a parámetros normales— inmediatamente, los daños pueden resultar irreversibles y fatales.

El termostato del cuerpo esta localizado en la epidermis e intenta mantener la temperatura estable básicamente a través de la evaporación del sudor, con la transpiración.Es nuestro aparato refrigerador cuando funcionamos a un ritmo mayor del habitual. Pero si hacemos un ejercicio intenso y no nos hidratamos adecuadamente, aunque estemos acostumbrados a hacerlo, a altas temperaturas llegaremos a un punto donde el sudor no será suficiente. Entonces irá subiendo paulatinamente la fiebre y, si llegamos a los 40, el piloto de la temperatura se dispara.

Surgen entonces los dolores de cabeza, la sudoración excesiva, el enrojecimiento de la piel, la debilidad muscular (calambres), náuseas y aumenta el ritmo cardiaco (el corazón literalmente parece salirse del pecho). Es el momento de actuar. Es decir, dejar de practicar ejercicio, ponerse a la sombra, eliminar las prendas que opriman, poner los pies en alto (para reequilibrar el fujo sanguíneo), hidratar nuestro cuerpo e intentar enfriarlo poniendo en contacto la epidermis con fuentes de frío. Es preciso actuar en las dos horas siguientes a que aparezcan los síntomas.

La cosa se complica si además se siente confundido, deja de sudar pero la piel sigue ardiendo, vomita y se tienen dificultades para respirar. El golpe de calor ha pasado a ser insolación, y eso son palabras mayores. En ese caso, la atención médica se hace  imprescindible.

Cuando se padece una insolación, las probabilidades de morir son de tres de cada cuatro.

Dicho lo dicho, ¿realmente merece la pena someternos a semejante castigo a las horas cuando más alto se pone el sol?

*Por cierto, si practica ejercicio habitualmente, sométase a la prueba de los 25 latidos. Si al minuto de haber dejado de correr (por ejemplo) las pulsaciones no bajan en esta cifra, cuidado, su corazón le está mandando un aviso. Uno de cada 7.600 deportistas que practican footing fallece al año de muerte súbita, según un estudio realizado en los EE UU.

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