El hielo, entre otras muchas propiedades, tiene una ventaja para los aficionados a las colecciones. Permite atrapar todo tipo de elementos y conservarlos tal cual quedaron en el momento de su congelación. Esta cualidad, entre otras cosas, ha permitido a los paleontólogos estudiar especies que quedaron congeladas miles de años atrás y a los escritores disparar la imaginación sobre seres congelados que vuelven a la vida tras su correspondiente paso por la estufa.
En términos medioambientales, además de conservar reservas de agua (oxígeno e hidrógeno), ha permitido atrapar gases, cuya expansión a la atmósfera nos hubiera llevado al apocalipsis.
En concreto, el metano, cuyo efecto invernadero es veinte veces superior al que provoca el dióxido de carbono. Pacientemente, la naturaleza ha ido guardando inmensas bolsas de este gas bajo superficies heladas. Teniendo en cuenta que dos (las que tuvieron lugar hace 55 y 211 millones de años) de las cinco grandes extinciones de especies que han sucedido en el planeta se deben a liberaciones masivas de metano, no resulta dificil atribuirle una función vital para que la vida, tal y como la conocemos, se preserve.
Del mismo modo que el petróleo o el gas natural, el metano se va acumulando en el subsuelo debido a la descomposición de materia orgánica, vegetales o animales muertos y quedó atrapado en las capas más profundas de los hielos a lo largo de miles o millones de años en el permafrost. En las profundidades del mar o de la tierra, permanecía oculta y protegida de los rayos del Sol. Pero los sucesivos adelgazamientos del hielo que se están detectando en las últimas décadas en el Ártico van sacando estas bolsas a la superficie y su contenido se va liberando a la atmósfera.
De hecho, un estudio realizado por la Universidad de Washington (en Seattle) sugiere que, de no invertirse la tendencia actual, en breve nos enfrentaremos a meses de septiembre sin hielo en el Ártico. Unas investigaciones también corroboradas por el equipo de Katey Walter Antthony, de la Universidad de Alaska. Estos investigadores calculan que, solo en Alaska, el metano extra que llega a la atmósfera es de 250.000 millones de toneladas al año. Una cantidad que puede no parecer excesiva si tenemos en cuenta el metano que se produce por descomposición orgánica cada temporada —tres veces más–, pero, como subrayan los autores del informe, sus cifras no contabilizan otro tipo de microescapes que se están produciendo y no han podido cuantificar.
Algunos científicos y grupos conservacionistas (Grupo de Emergencia del Metano en el Ártico, AMEG por sus siglas en inglés) califican la situación del Ártico como “emergencia planetaria”. Sus cálculos son extremadamente pesimistas y, en opinión de este panel de científicos e ingenieros, de no adoptarse medidas, en los próximos años “con estas emisiones de gases de efecto invernadero podría haber un calentamiento de 9 o 10ºC en el Ártico”.
La solución que proponen no deja de ser imaginativa: instalar unas torres en tierra firme que bombeen agua a la atmósfera, que generarían unas nubes artificiales que condensen esta liberación de metano. Estiman que bastaría con unas cien torres en las islas Feroe y en otros islotes del mar de Bering para frenar el calentamiento en el Ártico.
Ahora solo falta que las luces también se enciendan en los despachos de los dirigentes políticos. Confiemos que no lo hagan demasiado tarde.





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