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Los pescadores saben que, además de peces, sus cañas o sus redes atrapan todo tipo de objetos que la gente, por descuido o negligencia, arroja al mar. ¿Se imaginan que al recoger pacientemente el carrete aparezca de entre las aguas un bicho amarillo o azul, con forma de pez y que asemeje a un juguete?

Esta casualidad se puede dar en aguas del Cantábrico. Y no es un juguete, sino un auténtico robot-policía que vela por la calidad de los mares y que alerta ante cualquier tipo de vertido. El prototipo ha sido probado con éxito en el Acuario de Londres y ahora hace sus pinitos en alta mar.

Equipado con unos pequeños sensores químicos, recoge datos sobre la calidad del agua en los alrededores del puerto de Gijón (España) y transmite la información de forma inalámbrica al centro de control del puerto para que adopte las medidas de prevención para evitar la contaminación. 

El pez-robot tiene forma de carpa, tiene el tamaño de un atún, está construido con fibra de vidrio y funciona con una bateria que cuando está próxima a descargarse le obliga a retornar a su base. Está equipado con sensores que detectan los derrames al mar de productos químicos y fertilizantes, lo que permitirá establecer un mapa a tiempo real y móvil de la situación bajo la superficie del mar, que servirá para activar los sistemas de emergencia antes que con los métodos de detección habituales y minimizar, por tanto, los impactos negativos para el medio ambiente marino.

Una información que llegará en segundos y que en la actualidad se tarda varios días o semanas en analizar. Los propios diseñadores consideran su ingenio como “un pequeño laboratorio” que trabajará en las mismas condiciones que los peces. El diseño se ha realizado, y construido. en la Universidad de Essex (Reino Unido) bajo la coordinación de Rory Doyle, científico investigador de BMT Group y financiado con fondos de la UE a través del Séptimo Programa Marco.

Las pruebas que se realizan en el puerto de Gijón servirán no obstante para perfeccionar el prototipo, ya que el robot deberá tener la robustez necesaria para sobrevivir a las inclemencias del Cantábrico y evitar que colisionen con embarcaciones y otro tipo de obstáculos. Asimismo, ha de testearse su tamaño, por si quedan atrapados en las redes con facilidad.

De momento, en las pruebas superadas en el acuario londinense, parece que el robot no supone un bocado apetecible para otros depredadores marinos. Los tiburones nadaron a su alrededor, pero en ningún momento lo atacaron. Probablemente, “porque su campo electromagnético hace que sea desagradable” para los escualos, según aseguró Rory Doyle a National Geographic.

Los investigadores, además, subrayan en la misma entrevista que están trabajando para evitar que los sonidos de estos robots no provoquen contaminación acústica, un elemento que ya se ha comprobado en diferentes investigaciones que contribuye a alterar los patrones de conducta de otras especies. El coste de cada uno de estos artilugios está estimado en 20.000 libras esterlinas.

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