Buscando una historia sobre la que escribir bajo la luz de la bombilla y protegiéndome como puedo del sofocante calor nocturno del verano en La Mancha (poca ropa, ventilador, ventanas abiertas buscando una corriente de aire inexistente y todo tipo de brebajes) es imposible no evocar imágenes de playa que me remontan a la infancia.

Entonces, surge como pesadilla estival la figura de la mamma insitiendo autoritaria en que me quitara el bañador mojado. Pudoroso uno, lo más que consentía era ejecutar un cambio de pantalón en una acrobática maniobra donde una toalla tozuda luchaba por mostrar al mundo mis impúberes vergüenzas.

Hoy, muchos años después, no me queda más remedio que reconocer la sabiduría de mi progenitora. Sin su perseverancia y esos “¡Mira! Qué te doy con la alpargata” hubiera sido pasto de más de una infección por hongos. Seguro que algún afortunado está leyendo esta historia tras un refrescante zambullido en el mar o piscina, y con el bañador húmedo. Así que haga una pausa, cámbiese de traje de baño y siga leyendo. 

Los rayos de sol tardan en hacer su efecto secante sobre las prendas de licra o algodón con las que fabrican los bañadores y nos exponemos a desarrollar dermatofitosis. En castellano de toda la vida, hongos en la piel.

Los dermatólogos conocen bien este problema, ya que acumulan en sus consultas hasta un 25% más de pacientes afectados por ellos. El calor, la humedad (que proporcionan en este caso los bañadores) y una escasez de oxígeno en la zona que colonizan son el caldo de cultivo adecuado para que proliferen.

Como los hongos no tienen clorofila, no precisan luz para realizar la fotosíntesis y se ven obligados a buscar fuentes de energía parasitando a hombres, animales o plantas. Aunque se han descrito más de 100.000 especies diferentes, apenas el 0,1% (100) de ellas  son capaces de producir infecciones, esas manchas redondeadas rojizas que pican, y de qué modo, y que nos resecan la piel. Pero no se apure, que se diagnostican con facilidad y también tienen fácil remedio.

Normalmente se localizan en las zonas de roce, como los pliegues de las axilas, de las manos o de las ingles. En los varones también puede resultar afectado el escroto y en las féminas el pliegue mamario y, en general, toda la piel del tórax.

Ajena a todas estas explicaciones médicas, pero con el saber de las enseñanzas transmitidas en generaciones, cuántas infecciones han evitado todas esas mammas pesadas y machaconas. Y cuánta deshidratación con esas limonadas caseras. Pero eso es otra historia, que me reservo para otra noche de insomnio.

Enrique Leite

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