Por estas fechas, cuando aprieta la calor, comprobamos de muchas maneras cómo las fuerzas del mal se alían contra nosotros. No solo el espejo es portador de malas noticias —su dedo acusador nos dice que hay que ponerse a plan o, por lo menos hacer, ejercicio para combatir la flacidez—, basta con mirar hacia los pies y descubrir el destrozo ocasionado en forma de durezas o callos por vivir meses embutidos en duros zapatos.

Lo normal es acudir al especialista, pero lo cool es someternos a un tratamiento de ictioterapia: sumergir pies y otras partes de la anatomía en agua con peces provenientes de Asia que nos comen las impurezas y otras enfermedades cutáneas. Del mismo modo que hacen algunos grandes mamíferos y cetáceos, dejamos que unos animalillos nos parasiten y nos limpien de impurezas.

Normalmente, en estos centros se utilizan para este fin especímentes de Garra rufa o pez doctor. Son los encargados de succionar las pieles muertas. Succionar sí, porque no muerden los restos de piel muerta, sino que la aspiran. Pero también se utilizan otras especies que sí tienen dientes y en su labor de limpieza pueden arañar la piel y provocarnos heridas. 

En cualquier caso, se trata de especies procedentes de Asia (curiosamente, especies protegidas en sus países de origen) que portan bacterias y el agua es un medio ideal para que se reproduzcan. Un pequeño corte en nuestra piel, ya sea provocado o que tengamos cuando nos sometamos a la sesión, aumenta el riesgo de que se produzca una infección. Así lo subraya un informe del Centro para el Control y la Prevención de Enfermedades de EE UU publicado a primeros del mes pasado, en el que se realiza un inventario de las bacterias que pueden afectar a peces y seres humanos.

De hecho, gracias a los controles a los que se someten a estas partidas de importación, se detectaron en Gran Bretaña, como polizones, brotes de Sterptococcus agalactiae (responsables de la sepsis, meningitis o neumonía) y Aeromonas spp, también capaces de contagiar a humanos. Cepas que en algunos casos, según comprobaron los investigadores que han realizado este informe, eran resistentes a un buen número de fármacos. De hecho, esta práctica no está permitida en algunos estados norteamericanos.

Sin entrar en los cambios medioambientales a los que sometemos a los pececillos, cuidado porque lo cool nos puede resultar caro. Quedense con este hecho: estos animales portan bacterias a las que los occidentales no somos inmunes. El resto ya corre de su cuenta.

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