La vida y los éxitos de Albert Einstein estuvieron marcadas por las mujeres. De sobra es conocido la participación de su primera esposa, Mileva Marik, en el desarrollo matemático de sus teorías. El trabajo de otra mujer, Emmy Noether, en la teoría de las invariantes fue clave para la formulación de sus conceptos relativistas.
La historia comienza también en Alemania, en Erlangen, localidad donde vió la luz Emmy en 1882. Su padre, un conocido matemático, daba clases en su universidad. Sus estudios no estuvieron jalonados por grandes calificaciones. En cambio, destacaba por su facilidad para aplicar la lógica y para los idiomas, lo que orientó su formación hacia el conocimiento del inglés y del francés.
Aprobó el examen para dar clases de estas materias en institutos feneminos cuando tenia 18 años, pero jamás ejercició como tal; Emmy prefirió seguir los pasos de su padre y estudiar Matemáticas en la Universidad de Erlange-Nuremberg, siendo una de las dos únicas alumnas matriculadas en un censo de casi mil estudiantes. Incluso la obligaron a asistir como oyente a alguna de las clases. En cualquier caso se graduó en 1903, tras pasar un semestre en la Universidad de Gotinga.
Graduada, se dedicó a su tesis y a dar ocasionalmente clases en el Instituto Matemático de la Universidad de Erlangen, en sustitución de su padre y tras su jubilación a su sustituto. Una actividad por la que no recibía ningún tipo de ingresos. Emmy trabajó en su tesis doctoral en estos años.
Más tarde, intentó con igual éxito (haciendo sustituciones o impartiendo clases como ayudante sin percibir salario) la docencia en la Universidad de Gotinga, donde una parte del claustro se opuso a su incorporación con el argumento de “¿qué pensarán nuestros soldados cuando vuelvan a la universidad y encuentren que se les pide que aprendan poníendose a los pies de una mujer?” Este rechazo no la amilanó y fue un estímulo para profundizar en sus investigaciones.
Y a través de ellas llegó el reconocimiento. Poco después del cambio de ciudad, probó el teorema de Noether, donde demostró que toda ley de conservación en un sistema físico proviene de alguna simetría diferenciable del mismo. En opinión de sus colegas, un teorema que guió el desarrollo de la física moderna (en importancia, lo pusieron al mismo nivel que el teorema de Pitágoras).
Tras la Primera Guerra Mundial, las cosas cambiaron poco; le permitían dar clases, pero seguía sin obtener una plaza, ni por supuesto cobrar por ello. Hasta 1922 no accedió a un salario por su trabajo como profesora. Aun así, ella no relajó su actividad como investigadora y autora de artículos sobre el álgebra abstracta.
Prototipo de una mujer entregada por completo a su trabajo, descuidó su aspecto y modales hasta el punto que en la universidad se granjeara una cierta mala fama por ello. No obstante, sus clases eran revolucionarias. No se ajustaba al patrón tradicional y convertía las aulas en espacios para la discusión con los pupilos de los problemas más avanzados del momento en el campo matemático. Tanto fue así, que algunos colegas se colaban en las clases y los apuntes de los estudiantes acabaron formando la base de algunos artículos posteriores.
Sin manifestar inclinaciones políticas, se sintió subyugada por el impulso de sus colegas de la Unión Soviética en el desarrollo matemático y aceptó una invitación para dar clases en la Universidad de Moscú en 1928. Años después, con el triunfo del nazismo, le valió el apelativo de marxista judía y en 1933 su expulsión de la universidad.
Emmy Noether tuvo que emigrar y encontró acomodo en EE UU, en Princenton, donde falleció en 1935. Su legado le ha sobrevivido, sin duda. Su aprotación a la Física supuso un gran avance en el estudio de las partículas subatómicas y la dinámica de sistemas. Sin sus soluciones, Einstein no hubiera conseguido formular su teoría y conceptos sobre el relativismo.




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