Mamífero vertebrado capaz de adaptarse a la vida en cualquier ambiente terrestre. Quizás por esa capacidad de sobrevivir en los medios más hostiles, a los seres humanos les fascina probar otro tipo de experiencias. Acostumbrados a vivir entre ruidos, añoramos el silencio e imposibilitados para volar, disfrutamos emulando a las aves y otros animales voladores.
Todos los pobladores de la Tierra vivimos bajo el influjo de la ley de la gravedad, esa fuerza o atracción casi magnética que tira de nosotros hacia el suelo y que nos fija a él. Una fuerza que nos permite movernos con libertad por este planeta esférico y que marca en buena parte nuestra manera de desenvolvernos en él. Una buena razón, sin duda, para intentar desafiarla.
Una de las sensaciones más extrañas que se puede vivir, sin duda, es la introducirnos en un espacio con gravedad cero. Representa uno de los cambios más radicales en la manera de relacionarnos con el entorno. Los movimientos se ralentizan y la manera de ejecutarlos requiere nuevas técnicas. Viajar al espacio o introducirnos en una cámara sin gravedad no está al alcance de todos, pero sí zambullirnos en el mar y bucear. Bajo el mar, cambia la visión de todo lo que nos rodea.
Pero sensaciones al margen, lo cierto es que supone un escenario para el que no estamos adapatados y una exposición prolongada en un espacio con gravedad cero puede tener consecuencias fatales para nuestro organismo.
Y vamos con ellas. Nuestra musculatura y nuestra estructura ósea han evolucionado a lo largo de miles de años, pero siempre teniendo en cuenta los efectos de esa ley. Uno de los primeros que se han comprobado al examinar a los cosmonautas tras su periplo espacial es un aparente aumento de la estatura.
Esa falta de compresión sobre la columna vertebral hace que aumentemos de estatura, pero a la larga se va a producir una pérdida de masa ósea en las vértebras inferiores, caderas y parte superior del fémur. Tanto, que los huesos podrían llegar a ser incapaces de soportar nuestro peso sin romperse. Se ha comprobado que aparece una alteración de la estructura ósea, por la disminución de la fijación de los iones de calcio en los huesos. Con menos calcio, surge la osteoporosis. Ese excendente de calcio hay que eliminarlo y provoca un aumento de la creatinina y el ácido úrico. Es decir, tenemos más probabilidades de tener piedras en el riñón.
Del mismo modo, la ingravidez tiene unos efectos perjudiciales para nuestra masa muscular. En función del peso corporal desarrollamos nuestra musculatura para poder movernos. Ahora bien, si desaparece el concepto de peso (somos ligeros y flotamos) no necesitamos utilizar todo el potencial de los músculos, hace falta un menor esfuerzo y acaban debilitándose o atrofiándose. Y esta característica es común a todos los músculos, también al corazón, que ve alterado su ritmo circadiano.
Cuando estamos en Tierra, la presión sanguínea se acumula en los pies, pero al liberarse de la presión gravitatoria se reparte de manera uniforme en todo el cuerpo. Y como el cuerpo es una maquinaria de precisión, al provocar cambios en la composición interna, también varia el correcto funcionamiento del hígado y riñón. A partir de ese punto, el efecto desetabilizador en cascada puede ser demoledor.
Existen otros efectos más curiosos provocados al vivir en espacios con microactividad, como son las que afectan al órgano del equilibrio: el oído interno. Cuando flotamos, entramos en un estado de confusión porque ha desaparecido esa tendencia que nos retiene en el suelo. Y eso nos obliga a desarrollar un esquema de visión tridimensional para poder desplazarnos con facilidad. Hemos perdido la sensación de equilibrio.
Con todo, y por muy anárquicos que decidamos ser, lo más conveniente es seguir respetando la ley de la gravedad, salvo que estemos dispuestos a ser los conejillos de indias de un nuevo salto evolutivo.





fantástica entrada, muy interesante!!!
Muchas gracias
Gracias por pasarte y comentar.