El género humano siente una fascinación especial por el fuego. El día más largo del año, que marca el solsticio de verano (el de invierno sucede el mismo día en el otro hemisferio) termina alrededor de una gran hoguera donde se queman los malos augurios y se conjuran buenos presagios. El fuego purifica y según algunas líneas de investigación marcó el paso definitivo que nos convirtió en Homo sapiens.

Los solsticios son los momentos del año en los que el Sol alcanza su mayor o menor altura aparente en el cielo, y la duración del día o de la noche son las máximas del año, respectivamente. Astronómicamente, los solsticios son los momentos en los que el Sol alcanza la máxima declinación norte (+23º 27’) o sur (−23º 27’) con respecto al ecuador terrestre.

Sea como fuere, todos los fenómenos que tienen como elemento común el fuego y la luz que tienen lugar en la naturaleza nos fascinan. Uno de los que más nos han intrigado desde siempre son esas luces pálidas que pueden verse al anochecer o bien caída la noche en los lugares pantanoso o en las inmediaciones de los cementerios. 

La mitología centroeuropea travistió estas luces en espíritus malignos de muertos que vagan por la noche para atormentar a pacíficos y atrevidos transeúntes. Aunque no todas las leyendas les atribuyen tan fatal destino. Los húngaros les otorgan propiedades de protección a quienes topan con ellos.

También ocuparon un hueco en la literatura, aunque su significado se dulcifica algo y se refiere a metas imposibles de alcanzar, a deseos inaccesibles. Así, desde Goethe a Calvino, pasando por Stroker en su Drácula, Tolkien o el mismo Saramago recrean pasajes donde el fuego fatuo se cruza en la vida de los personajes de sus obras. Su magia tampoco pudo escapar a las melodías de Liszt o Falla.

Pero nada más prosaico que su formación. La presencia de estas luces responde simplemente a un fenómeno físico: la inflamación de ciertas materias (básicamente fósforo) que surgen de animales o vegetales en putrefacción (de ahí su localización en ciénagas o camposantos). La oxidación de la fosfina y los gases de metano que se producen en ese fenómeno de descomposición de determinadas materias da lugar a su aparición. Estos gases, liberados al contacto con la atmósfera, sencillamente desprenden una luminiscencia que puede contemplarse en ausencia de luz, es decir, de noche. Pero a pesar de su nombre, no estamos antes un proceso de combusitón (no arden y, por lo tanto, no se trata de un fuego).

De hecho, en laboratorio se ha conseguido reproducir estas luces comprobando que en ningún momento se produjera ningún tipo de ignición.

About these ads