Tal vez no estemos pasando por nuestro mejor momento como país. Pero hay algo en lo que indiscutiblemente somos una gran potencia: ignorancia científica. Numerosos estudios —desde la OCDE hasta la Fundación BBVA— lo ratifican. Ocupamos el último lugar (y muy destacado) en conocimiento científico. Aunque parezca imposible, el 46% de los españoles no fue capaz de nombrar siquiera un solo científico de cualquier época (y no es un problema derivado de tener mala memoria: quienes no conseguían recordar a ningún científico podían recitar centenares de alineaciones de equipos de fútbol). Y casi la mitad de los españoles no supieron decir qué es más grande: un átomo o un electrón…

La ignorancia científica está muy arraigada en nuestro imaginario colectivo. Incluso entre nuestro intelectuales: Unamuno —verdadero maestro en el desprecio por la ciencia y la tecnología— expresó su desdén con la sublime una frase de “que inventen ellos” (en este sentido, conocí un reputado magistrado que estaba muy preocupado porque su hija “tonteaba” con un brillante científico…)

Al final, nuestro desdén por la ciencia y la tecnología nos condena a vivir como camareros, albañiles o pícaros (y a que nos recaten). 

Además, la ignorancia científica afecta a la vida cotidiana. Entre otras cosas, permite que nos engañen de mala manera. Solo así puede explicarse que en nuestro país se anuncie en importantes medios de comunicación un “método anticonceptivo natural” que, según dice la publicidad, resulta fiable en el 94% de los casos. Tal método logrará que, aunque solo lo hagas una vez al mes, lo más probable es que antes de un año te quedes embarazada.

El baby boom de los 60 fue, en buena parte, el resultado de los hijos de Ogino (otro método natural que, al igual que el anunciado, pretendía averiguar qué días no era fértil una mujer). Pero los hijos debidos al 6% de fallos del método del anuncio serán, sobre todo, “hijos de la burricia”.

Eduardo Costas, catedrático de Genética

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