Todo se conjura contra el portero a la hora de detener la temida pena máxima en el fútbol. La física determina que el delantero puede impactar a la pelota con razonable precisión (colocándola donde quiera) a 28 metros por segundo. El punto de penalti está situado a solo 11 metros de la portería. Si, como dice el reglamento, el portero no puede moverse hasta que el delantero chuta la falta, entonces dispone de menos de cuatro décimas de segundo para averiguar por dónde va el balón, moverse hacia el lugar al que este llegará y pararlo.

Es fácil comprender que se le acumula el trabajo. Por cuestiones de fisiología de la visión, el cancerbero necesita observar aproximadamente los tres primeros metros de la trayectoria del balón antes de adivinar su dirección (una tarea en la que utiliza aproximadamente un décima de segundo). Su cerebro debe calcular la trayectoria (aunque el portero no sea consciente, se trata de un cálculo complejísimo) para lanzarse y aunque nuestro cerebro realiza este cálculo muy rápido, necesita algún tiempo.

A continuación tiene que enviar las instrucciones a sus músculos (y cuando hay sinapsis implicadas, los impulsos nerviosos se ralentizan). Por último, los músculos del portero se contraen luchando con la inercia. Para colmo, la portería de fútbol es de notables dimensiones (7,32 x 2,44 metros) y si el balón va próximo al poste, hay que desplazarse bastante distancia.

Si un delantero chuta rápido y bien colocado cerca del poste, el portero no puede moverse suficientemente rápido para atajarlo. Es el penalti perfecto, salvo que el portero se sitúe directamente a un lado de la meta y el delantero se lo lance a las manos.

Entonces, ¿puede hacer algo un portero para parar un penalti? Sin duda, empezar a moverse antes de averiguar cuál es la trayectoria del balón. Y como el árbitro también está condicionado por las limitaciones de la fisiología y de la física, el portero puede empezar a moverse incluso antes de que el balón se ponga en marcha. Y el árbitro no podrá darse cuenta. Pero tendrá que intuir hacia dónde va a ir el balón.

En ese caso, podría detener la mitad de los penaltis (el delantero también es humano, aunque algunos piensen que es un dios, y no puede darse cuenta de la ligera anticipación del arquero, ni de hacia dónde va a ir).

Pero existen otros hándicaps: la portería mide casi dos metros y medio de alto, ergo tendrá que acertar con la altura del chut. Los expertos indican que un buen guardameta cubre razonablemente bien el 40% de la altura de una portería.

Si este modelo experimental fuera cierto, un portero que se ajuste a él (el mejor posible) debería parar el 30% de los penaltis (por azar acierta la mitad de las veces hacia el lado que va el balón; por solo acierta el 40% de las veces con su altura).

Los registros estadísticos más completos que existen sobre el deporte rey (las estadísticas inglesas) son claros: el delantero medio acierta el 70% de los penaltis (tal y como cabe esperar de nuestro modelo).

De este modo, tenemos un criterio para evaluar a los lanzadores de penaltis: los que acierten en más del 70% serán muy buenos. Y también los porteros que paren más del 30% de los penaltis; o sea, esos aguilillas que se mueven antes e intuyen por otros gestos (posición de los pies del lanzador, mirada, etc) la altura y dirección de la patada.

Aun así, está claro que el fútbol es un deporte diseñado para el espectáculo y que este reside en el gol, ergo sus reglas y sus penas máximas favorecerán siempre al espectáculo.

Lo sentimos por las madres de los porteros.

Eduardo Costas, catedrático de Genética y entrenador ocasional

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