Nada tan sabroso como un higo. Carnosos y dulces, a simple vista parecen el fruto de la higuera y no un reclamo para que animales y humanos los comamos y transportemos las semillas –que no se digieren— y las dispersemos a través de las heces.
Cuentan con unos de los ciclos biológicos más complejos de la naturaleza, que ya fue descrito con precisión por Herodoto. Sus flores crecen hacia dentro, en el interior de un receptáculo protector (una inflorescencia vuelta del revés). Ahí las flores desarrollan unos frutos en forma de pequeños granos denominados aquenios (que constituyen las pequeñas y numerosas pepitas duras del interior de los higos).
Pero ahí no termina la complejidad en su ciclo vital. Dentro de un higo hay flores macho y flores hembras separadas. Y además hay dos tipos de flores hembra de distinto tamaño. La polinización la lleva a cabo un pequeño insecto himenóptero (pariente lejano de las abejas), que los científicos actuales llamamos Blastophaga blossorum y Herodoto llamó Cínife.
Este himenóptero se reproduce en el interior de los higos: las hembras ponen sus huevos dentro del ovario de uno de los tipos de flores hembra. Sus larvas se desarrollan dentro de ellas. Al alcanzar la madurez sexual, los machos fecundan a las hembras y después perforan una pequeña salida hasta el exterior del higo (muriendo al terminar el trabajo).
Las hembras salen y van a poner sus huevos a otros higos. Pero también llevan pegados a ellas el polen de las flores macho. Ese polen fecunda al otro tipo de flores hembra (donde los Blastophaga no ponen sus huevos). Así se forman las duras semillas de los higos.
Por cierto, aun falta otra magnífica adaptación. Las brevas (las variedades de higos tempranos que aparecen en primavera) son en realidad una variedad tardía de higos: mientras son pequeños pasan el invierno en las higueras y vuelven a crecer en primavera.
Las modestas higueras, tan ferozmente denostadas en la Biblia, fueron esenciales en el desarrollo del mundo clásico Mediterráneo (o dicho en otras palabras, la base de la civilización que conocemos). Con una producción anual de más de 20 millones de toneladas de higos secos, las casi 600 variedades existentes fueron fundamentales en la alimentación de Aquiles, Agamenón y Ulises —y también en la de Aníbal, Escipión o Julio Cesar—. Sin duda, el mundo que conocemos fue posible gracias al trigo, el olivo, la viña, las cabras y las higueras.
Eduardo Costas, catedrático de Genética





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