El Sol y la Tierra nos regalan durante unos meses al año un espectáculo impresionante: las auroras polares. El cielo nocturno se cubre de luminiscencias dibujando un espectro de color realmente inquietante. El horizonte se torna rojizo o verde, como si el Sol naciera de un punto indeterminado. Aunque pueden ser visibles en varias partes del planeta, están localizadas en los dos polos. En el hemisferio norte se conocen como auroras boreales y en el sur, como australes.

Este fenómeno atmosférico en realidad es uno de los mecanismos de defensa de nuestro planeta ante las continuas agresiones en forma de tormentas solares y se debe al efecto del campo magnético de la Tierra, que las desvía hacia los polos. De no ser así, la superficie de la Tierra no sería capaz de albergar ningún modo de vida.

De hecho, la existencia de nuestra atmósfera respirable es posible gracias a este imán natural, que evita que el planeta sea barrido por este tipo de tormentas. Para entender qué ocurre en el espacio habría que remontarse miles de millones de años atrás, cuando se formó la Tierra como resultado de una explosión y concentración de materia gestando una gigantesca bola, con un interior sólido formado fundamentalmente por partículas de hierro y níquel (el núcleo). Pero vayamos por partes. 

Hay dos maneras de producir un campo magnético: a través de un cuerpo imantado o de una corriente eléctrica. Sea producido por un gigantesco imán situado en el centro de la Tierra (hipótesis del imán permanente), por la rotación de las cargas eléctrica o porque el núcleo de la Tierra opere como una dinamo autoexcitada, como postulan algunos, ese campo magnético producido actúa a modo de escudo que traslada hacia los polos su fuerza de atracción.

En segundo lugar debemos de saber que el Sol emite partículas continuamente. Las partículas se desplazan por el sistema en lo que se denomina viento solar. Una masa que se desplaza rápidamente: apenas tarda dos días en llegar del Sol a la Tierra. Cuando se acerca a la atmósfera, ese viento, en lugar de chocar con su superficie, la rodea atraído por el campo magnético (situado en los polos).

Las partículas atrapadas en la magnetosfera colisionan con los átomos y moléculas de la atmósfera de la Tierra –oxígeno (O), nitrógeno (N) atómicos y nitrógeno molecular (N2)— y se llenan de energía. Al cabo de un tiempo muy pequeño, menos de una millonésima de segundo, devuelven la energía en forma de luz, en forma de aurora.

La aurora suele comenzar como un arco muy alargado que se extiende en el horizonte y va incrementando su brillo. Luego comienzan a formarse ondas a lo largo del arco y una especie de rayos muy finos que lo surcan. Una luces que se mueven con una rapidez inusitada de horizonte a horizonte.

Los colores que van de los rojizos y anarajandos a los tonos verdes, lógicamente, dependen del tipo de partículas que son excitadas por el viento solar.

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