Pocas superficies sólidas pueden resultar tan frágiles como las capas de nieve. Agua en estado sólido, los copos de nieve se depositan sobre el terreno formando un manto blanco por donde se puede andar o deslizarse. Ahora bien, una fuerte presión ejercida sobre este inestable suelo puede provocar uno de los desastres naturales más devastadores.

Los movimientos más importantes se localizan en el Himalaya, los Andes y en las montañas de Alaska, aunque las avalanchas más peligrosas, lógicamente, se producen en aquellas zonas donde existe una mayor densidad de población. Es decir, en los Alpes.

La masa de nieve en movimiento todo lo arrasa. Llegan a alcanzar los 300 kilométros por hora y en su estela pueden abarcar una longitud de hasta tres kilómetros. Dependerá del terreno y del clima. En su desplazamiento ladera abajo, las avalanchas o aludes pueden incorporar parte del sustrato y de la masa vegetal que tenga la pendiente, lo que multiplica su poder de destrucción. 

Del mismo modo que no existen dos gotas de agua iguales, tampoco existen dos copos de nieve de la misma forma. La nieve (una gota de agua congelada alrededor de una mota o partícula de polvo) se forma como una estructura cristalina hexagonal (el hexágono es una de las estructuras más comunes que forman las moléculas en la naturaleza; ya Kepler en 1611 las estudió y describió) y su composición geométrica es producto de las condiciones de humedad, temperatura o presión atmosférica.

Como estas condiciones son únicas, las formas de los copos varían. De ahí, aunque estadísticamente se pudieran repetir si de diera una situación homogénea, lo normal es que cada copo adopte una forma diferente.

La nieve es el resultado de la unión de millones de copos con formas diferentes, aunque todos son hexagonales en forma de estrella. Los copos se engarzan uno a uno formando una superficie compacta, dura, se asocian por sus extremos y, como no tienen la misma estructura, no forman un puzzle realmente compacto.

Además, se van sobreponiendo capas que físicamente son diferentes; esta es la razón por la que se pueden provocar deslizamientos de una capa sobre otra. Entonces surge el alud. Las razones son variadas. En unos casos, porque la nieve recién caída o movida por el viento no llega a soldarse a la capa inferior; otras veces las avalanchas pueden estar provocadas por la lluvia (que se filtra entre las capas y provoca el movimiento) o por un cambio de temperatura (el deshielo) debido a la exposición a una mayor intesidad de los rayos solares.

El terreno también es otro factor determinante. La nieve se sujeta peor en un terreno arcilloso (más deslizante) que en uno calizo. La capa de nieve puede resultar tan frágil que las vibraciones producidas por una explosión (una tormenta con gran aparato eléctrico) o el simple contacto de los esquíes sobre una superficie de nieve virgen son suficientes para vencer la resistencia y cohesión que retiene la masa de nieve y provocar el brusco desprendimiento.

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