En la Edad Media, una de las pocas actividades relacionadas con la Ciencia permitidas a la mujer era adoptar un papel secundario en la Medicina, concretamente en los cuidados de los bebés y asistencia en los partos. Pocas se aventuraban en otras ramas de esta disciplina y, por supuesto, muy pocas pasaron por las facultades de Medicina.
En ese periodo tan oscuro, resalta la actividad de las Damas de Salerno, un grupo de mujeres que se atrevieron a ingresar en la Escuela Médica Salermitana. De ellas, destaca Trótula di Ruggiero (1090-1160), que además de estudiante llegó a ser profesora en este centro. La Escuela es considerada como el primer centro médico sin conexión con la Iglesia (no estaba dirigida por religiosos, estaba abierta a árabes y judíos y fue pionera en la admisión de mujeres en sus aulas) y para algunos, como la primera universidad de Europa.
De origen adinerado, pocos datos han trascendido de la vida de Trótula. Se sabe que manifestó desde joven su vocación por la práctica médica e ingresó en la Escuela, donde se llegó a convertir en una autoridad en Obstetricia y Ginecología y a la que se mantuvo ligada hasta su muerte.
Colaboró activamente con su marido, Johannes Platearius, uno de los fundadores de la institución, en el desarrollo de la Encyclopaedia regimen sanitatis, aunque sus propios escritos, compilados en dos obras, los superaron en fama. De hecho, el magisterio de su principal tratado, llamado Trotula Major, estuvo vigente hasta bien entrado el siglo XVI.
El talento de Trótula contribuyó a sedimentar la fama de esta ciudad italiana como foco del conocimiento y del saber. Cuentan que cuatro médicos, uno griego, uno latino, un hebreo y un árabe, decidieron aunar la sabiduría de estas cuatro culturas en un centro, creado a orillas del Monasterio de Monte Casino, que simbolizara una institución alejada de los prejuicios (tanto religiosos como de género). Su labor en el progreso se prolongó hasta 1811, cuando el general Murat cerró definitivamente sus puertas.
Pero volvamos a nuestra heroína. Doctora en Médicina y feminista —casi sin saberlo—, sus teorías rompieron muchos dogmas, como aquel que achacaba a la mujer la causa absoluta de la infertilidad en las parejas —la doctrina oficial no contemplaba la infertilidad masculina—, ser partidaria de administrar opiáceos para mitigar los dolores durante el parto o describir técnicas quirúrgicas para realizar correctamente la episotomía.
Su dedicación, de ella y del resto de las damas de Salerno, a la ginecología o a la obstetricia tiene la perversa lógica de un tiempo donde los varones no solo desconocían, sino que en buena medida despreciaban la fisioliogía femenina y sus problemas. Al fin y al cabo, el Creador hizo al hombre, y no a la mujer, a su imagen y semejanza.
Firme defensora de realizar una evaluación amplia de los pacientes y no solo centrarse en los síntomas llamativos, Trótula dedicó también parte de su tiempo a estudiar otros aspectos, como la piel o los efectos positivos de la higiene en la salud. En este sentido, se la puede considerar como una precursora de la cósmética, y llegó a elaborar recetas para terminar con las arrugas, mantener los dientes blancos y sanos e incluso la fórmula de un lápiz de labios basado en elementos naturales.




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