No es un juego de palabras ni una trampa del lenguaje. La corteza terrestre alberga en su seno numerosos depósitos de donde brota el agua. Manantiales que se ocultan en el subsuelo y que alimentan a los ríos y lagos que conocemos actualmente.
Noticias con el titular “Se encuentra un río subterráneo bajo las aguas del oceáno” aparecen cada cierto tiempo en los medios de comunicación de masas. Y debiera dejar de sorprendernos, porque lo que hoy es un desierto (como el Sáhara) hace miles de años era un paisaje de corte tropical. Los restos de fósiles de animales marinos hallados en parajes no habituales así lo atestiguan.
El movimiento de las placas téctonicas y los procesos de glaciación provocan cambios en la configuración del mundo. Los cinco continentes en que se divide hoy el planeta eran solo uno, Pangea, a fines del periodo Pérmico (hace unos 300 millones de años). Tenía forma de C, se distribuía a través del Ecuador y estaba rodeado por agua.
Por su tamaño, los geólogos estiman que el interior debía de ser muy árido y con escasas precipitaciones. Pero tenía una ventaja: los animales terrestes podían moverse con libertad y podían emigrar del Polo Norte al Sur. Y, naturalmente, contaba con sus ríos y lagos.
Cien millones de años después de su formación, el supercontinente comenzó a fragmentarse, primero en dos continentes, hasta llegar a los cinco actuales. Y ríos y lagos fueron cubiertos por tierra o por las aguas, y otros emergieron.
Esos manantiales ocultos bajo el mar, de los que sigue brotando agua, son los reponsables de que en determinadas zonas, como en la Gran Barrera de Coral australiana, podamos beber agua dulce en el mismísimo océano (La Biblia ya nos lo aventura: “Existen fuentes y manantiales bajo el océano. Génesis 7,11 y 8,2”).
Desde su origen, la cantidad de agua presente en la Tierra es siempre la misma, aunque se encuentre en estado líquido, sólido o gaseoso. La circulacion de agua en estos tres estados es denominado el ciclo hídrico. Un movimiento que se produce tanto en su traslación de un punto a otro (por la acción de las corrientes de agua, el deshielo, el cauce de los ríos o la lluvia) como por su paso de un estado a otro.
Estos cambios se deben, principalmente, a la energía solar (que la evapora a la atmósfera o que provoca su congelación) y a la gravedad. Otra parte del agua se filtra a través del suelo y desciende lentamente por acción de la gravedad a capas más profundas formando la reserva hídrica. El agua se acumula en una capa impermeable, denominada capa freática formando los acuíferos subterráneos.
Gracias a este movimiento se produce un equilibrio que posibilita la vida en la Tierra.




