Describir la belleza puede parecer una tarea imposible, pero la pasión por ella está en la esencia de lo que nos hace humanos. Cada vez hay más evidencias de que nuestros antepasados plantaron flore, simplemente porque eran bellas, mucho antes de que desarrollaran una agricultura práctica que les sirviese de alimento. Y basta pensar en la Grecia Clásica para entender que el culto a la belleza se sitúa en la base de la civilización. Incluso quienes dedican su vida al pensamiento más abstracto, los matemáticos, están convencidos de que solo las demostraciones más bellas son ciertas.
Podemos definir la belleza de una manera escueta, con un solo número: el número áureo, llamado Φ en honor de Fidias (que en griego antiguo se escribe Φειδίας), sin duda el mejor arquitecto y escultor de la Atenas clásica.
Si alguna vez hubo un número mágico por excelencia, ese fue Φ. Sorprendentemente se trata de un número irracional tan extraño como: Φ= (1 + 51/2 / 2), un número con infinitas cifras decimales y con un valor en principio tan inverosímil como F = 1,6180339887498… (y así hasta el infinito).
Pero la clave del asunto está en que el número áureo marca las proporciones que nos resultan más armoniosas. Así, desde nuestro humilde DNI (que es un rectángulo áureo pues la relación entre su base y su altura es Φ) hasta el hombre de Vitruvio de Leonardo da Vinci, el mundo está lleno de proporciones áureas. Las grandes obras de la arquitectura (de pirámides a catedrales, pasando por edificios de Le Corbusier) mantienen proporciones áureas en sus longitudes, anchuras y alturas. Las magníficas espirales de los nautilos son áureas; las estrellas de mar son áureas. Encontramos la proporción áurea en casi todo lo que nos resulta bello, hasta en la música.
Otra expresión del número áureo (que nos da una nueva clave) la encontramos en la sucesión de Fibonacci. La secuencia se obtiene sumando los dos anteriores: 1, 1, 2, 3, 5, 8, 13, 21, 34, 55, 89, 144… Si dividimos dos términos consecutivos de esta sucesión, su resultado se aproxima al número áureo (y más exactamente cuanto más grandes sean dichos números: 144/ 89 ≈ 89/55 ≈ 55/ 34 ≈ Φ).
Sorprendentemente, el número de pétalos de las flores también sigue la sucesión de Fibonacci. Las hay de tres pétalos, como los lirios, los iris o las azucenas; de cinco, como los botones de oro, las rosas silvestres o las flores de las leguminosas; flores con ocho, como las peonias; de 13 pétalos, como las caléndulas; de 21, como los aster o la flor de la achicoria; de 34 pétalos, como muchas margaritas; también tenemos margaritas y girasoles de 55, 89 y 144 pétalos… No hay flores (salvo las estropeadas) con 143 o 145 pétalos, ni de 88 o 90, ni de 54 o 56…. Hay peonias de cinco y de ocho pétalos (pero no de seis o de siete). Podríamos decir que son áureas.
Aunque hay algunas excepciones, las crucíferas tienen cuatro pétalos y hay catalogados algunos especímenes con once o 29. Pero estas excepciones siguen una serie muy semejante a la serie de Fibonacci: la serie de Lucas, obtenida de forma semejante (1, 3, 4, 7, 11, 18, 29…). Y los números de Lucas consecutivos también se aproximan a la razón áurea.
Los científicos aseguran que las matemáticas son el lenguaje con el que está construido el Universo. Pese a todo, muchos pueden creer que no les gustan las matemáticas. No es cierto: las matemáticas son la clave con la que se construye la belleza.
Eduardo Costas, biólogo y catedrático de Genética





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[...] ‘obsesión’ por la proporcionalidad la llevó a formular la existencia del número áureo como esencia del universo, una teoría que luego ha sido objeto de numerosos estudios por otros [...]
[...] y proporción. Siguiendo este patrón, los secretos de la belleza se esconderían tras el número áureo y la simetría [...]
[...] y cómo esos números se acercan a lo que denominamos bello. Pero hoy no toca referirnos al número áureo, ni tampoco a la teoría de juegos o a la genética de poblaciones, otro tipo de ecuaciones que [...]
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