“El polígrafo descubre incrementos abruptos en el ritmo cardiaco, la presión sanguínea y la sudoración. Por lo tanto esta máquina es un detector muy fiable de orgasmos. Pero, ¿detecta mentiras? Solo si uno está fingiendo un orgasmo”. Irónico pero categórico se mostró el físico y profesor norteamericano Robert Lee Park al definir la fiabilidad y la confianza que otorgaba a los populares detectores de mentiras.
Proliferan en los programas de televisión y, con la fe del converso, sus poseedores los presentan como el método infalible para demostrar que determinados personajillos mienten o dicen la verdad cuando cuentan asuntos tan importantes para la humanidad como si se han acostado con fulano o zutano. Y, como suele ocurrir, no hay nada tan convincente y tan falaz como las medias verdades.
El funcionamiento del polígrafo parte de un principio: el sustrato bioquímico de las emociones, en este caso de la mentira, produce en el sujeto una serie de reacciones que son perfectamente medibles: los latidos del corazón se aceleran, aumenta la presión sanguínea y se tiende a sudar más. Pero no vale solo su medición, sus resultados deben de ser interpretados por el experto poligrafista.
El principio de la respuesta bioquímica resulta cierto en el caso de emociones primarias, como el miedo o el estado de alerta, pero no está demostrado que exista ante conductas que se pueden calificar como morales, es decir, mentir o decir la verdad.
Científicamente, al menos a día de hoy, no se ha podido probar que el supuesto ciclo de una persona que miente se traduzca siempre y de manera instintiva en reacciones bioquímicas. La mentira, o la verdad, es un proceso psicológico complejo —en el que intervienen factores personales,educacionales, culturales y sociológicos, entre otros– y, por lo tanto su respuesta física será personal y subjetiva y difícilmente extrapolable a otros individuos.
Luego si tenemos un aparato que mide reacciones que no obedecen a un patrón concreto, predeterminado —no controlable a voluntad– y universal, y cuyos datos deben ser evaluados por un experto, difícilmente podremos extraer conclusiones fiables. Al no existir un relación causa-efecto de manera común a todos los humanos, lo más que podrá hacer es medir las reacciones de un individuo ante preguntas, pero no determinar si miente o no.
Eso, en el supuesto de que la respuesta de ese sujeto fuera siempre la misma. Pero, desgraciadamente para sus seguidores, una persona debidamente entrenada puede vadear fácilmente la prueba del algodón del polígrafo. Basta, por ejemplo, con apretar los dedos de los pies fuertemente contra el suelo o distraer la mente en compejas operaciones matématicas para mantener los niveles de tensión altos y, por lo tanto, invalidar los resultados de la prueba.
Eso, no obstante, no quiere decir que para determinados sujetos (que han de ser ante todo honestos y no sentirse intimidados por la maquinita) la prueba del polígrafo pueda resultar un método eficaz para demostrar que no forma parte del club de los mentirosos sin fronteras. Pero de ahí a convertirlo en la máquina de la verdad media un abismo.
Aun así, en determinados países se admite su uso como prueba pericial en los juicios y eso que los estudios han demostrado que su grado de fiabilidad jamás supera el 90%, un porcentaje demasiado alto para otorgarle credibilidad. Sobre todo cuando lo que está en juego es la libertad de un ser humano.
A pesar de todo lo dicho, eso no quiere decir que el aparato no sea fiable a la hora de medir reacciones: aceleraciones cardiacas, sudoraciones o aumentos de la presión arterial. ¿Quién sabe si acudir a un plató de televisión –y cobrar la pertinente soldada— no tenga efectos orgasmáticos en sus usuarios? Como decía Barbarella cuando fue introducida en el orgasmatron, la máquina está bien, pero si le daban a elegir, prefería el procedimiento tradicional.




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