Como todos sabemos, ya hace bastantes años que se fabrican biocombustibles, sobre todo para automoción. Pero, ¿qué hay de verdad en todo esto de los combustibles “bio”? ¿Son realmente una alternativa al petróleo?
Hasta el momento ha habido muchos intentos, desde la 1ª generación de biocombustibles usando biomasa (combustible con una masa de desechos en principio no aprovechable), o plantas de distintas variedades. En un intento de mejorar el rendimiento del proceso de obtención, la 2ª generación se centró en la utilización de nuevas especies vegetales más productivas que sus predecesoras y, en su mayoría, no comestibles.
Una vez encontrada la materia prima que se creyó, en un principio, que era la mejor, la 3ª generación de biocombustibles se centró en mejorar genéticamente las especies previamente seleccionadas, para que el aprovechamiento fuera mayor. Pero aun estaba por remediarse el pequeño problema del tiempo de cultivo, el gasto en fertilizantes y agua y el transporte de estas plantas para su tratamiento posterior y conversión en biocombustibles.
Para cultivar esas plantas que luego se utilizan como gasolina, se ocupan grandes superficies de terreno, se gastan agua, fertilizantes y otros recursos. Por lo tanto, ¿es eso realmente rentable para el planeta? ¿Es esa la mejor materia prima que podemos emplear?
Actualmente nos encontramos viviendo en la era de la 4ª generación de biocombustibles, que utilizan como materia prima las algas, que en principio no requieren un gasto tan elevado en recursos y, sobre todo, no constituyen parte de la dieta de ninguna población.
Ya hace varios años, en un discurso del Premio Nobel de Química Hartmut Michel (1988), el alemán mantenía que no era rentable desde el punto de vista energético, ni sostenible desde el punto de vista ecológico, la producción de biocombustibles como fuente de energía, porque producirlos supone un gasto energético semejante al de producir combustibles fósiles.
Al igual que ocurre con la mayoría de los problemas, la respuesta no es única en ningún caso. No solo no debemos pensar que los biocombustibles podrán suprimir el uso de combustibles fósiles, sino que tampoco constituyen la mejor alternativa en todos los casos.
En el caso de la automoción, concretamente en los vehículos privados, los híbridos probablemente constituyan la mejor alternativa. En el caso de los autobuses, quizá, y a pesar de la autonomía limitada que existe, la utilización de biogas o incluso de hidrógeno sean las alternativas más eficientes. Donde probablemente sean más rentables estos biocombustibles es en la aviación, porque las otras opciones, como la electricidad o el hidrógeno, son poco fáciles de adaptar y supondrían mucho tiempo en controles de seguridad y de calidad.
Podemos encontrar una alternativa para cada tipo de transporte pero en ningún caso generalizarla para la sustitución de cualquier combustible fósil.
Necesitamos explorar todas las opciones posibles para encontrar un equilibrio entre los recursos del planeta y las necesidades de sus habitantes, porque si pensamos que puede ser rentable hacer gasolina con comida y agua, mientras hay un montón de gente muriendo de hambre y sed, en algún momento del camino hemos perdido la buena dirección y deberíamos considerar algunas nuevas alternativas.
Julia Romero, química





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