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La evolución de convertirse en animales recolectores y dejar de ser animales cazadores sufrida por el Homo Sapiens supuso un cambio cualitativo para nuestra especie. Nos convirtió en autónomos. Con el desarrollo de la agricultura, llegaron los asentamientos estables y nos situamos en la antesala de las revoluciones tecnológicas. Eso, sin adentarnos en los cambios que se produjeron en la cadena trófica.

Un rasgo más del desarrollo de la inteligencia de los homos sobre el resto y, por lo tanto, un elemento distintivo evolutivo. Pero parece que los comportamientos granjeros no son patrimonio en exclusiva nuestro. Hace apenas unos años, en 2006, fue descubierto en las profundidades de las aguas de Costa Rica, a unos 1.000 metros, el cangrejo Kiuwa puravida por los investigadores Andrew Thurber, William J. Jones y Schnabel Kareem, cuando participaban en una expedición geológica que estudiaba las filtraciones de metano a traves de las fisuras del suelo marino. Un cangrejo que cultiva su propio alimento.

En las profundidades donde vive no existe suficiente comida procedente de la energía solar. El alimento depende en buena medida de la energía química que se libera desde el fondo del mar. El equipo que lo descubrió estudia el modus vivendi del Kiuwa puravida y ha concluido que este cangrejo cosecha su propia comida. 

Sus nutrientes son básicamente restos del plancton muerto que llegan al fondo del mar y, sobre todo, de unas bacterias que crecen cerca de los surtidores y fumarolas del lecho marino y que, entre otros sitios, se multiplican en sus pinzas. Parece que este cangrejo, de unos nueve centímetros de largo, cultiva sus propios huertos de bacterias.

Observando su comportamiento, acercando y retirando sus pinzas, ante un surtidor de fluido rico en metano, los investigadores han comprobado que los cangrejos no estaban buscando comida, sino que acercaban las bacterias que crecen en sus pinzas para que se proveyeran de la energía necesaria para que puedan crecer y desarrollarse.

La investigación llevada a cabo y publicada en la prestigiosa revista PLoS ONE demuestra que los miembros de esta especie se ayudan en sus tareas granjeras de un apéndice, especialmente adaptado, que utiliza para raspar su caparazón. De este modo recoge una cantidad de bacterias que se lleva a la boca, para a continuación seguir acercando las pinzas a los surtidores de metano y ayudar a que crezcan más bacterias para la próxima recolección.

Hasta no hace mucho, la fotosíntesis realizada gracias a la energía solar era considerada como la principal fuente de vida en el planeta. No se contemplaban formas de vida que no hubieran surgido de la energía procedente del Sol. El estudio de ecosistemas que se desarrollan allá donde sus rayos no llegan (y por lo tanto proceden de otras fuentes químicas) o de organismos unicelurares que se alimentan de arsénico desvelan inquietantes muestras de que otra vida es posible en la Tierra.

¿Estaremos ante la respuesta natural del planeta para que sobrevivan especies ante el contumaz camino de destrucción emprendido por los Homo Sapiens?


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