A veces determinadas sustancias cobran una importancia inesperada. Tal vez eso sea lo bonito y atractivo de la ciencia y la investigación, encontrarte con un efecto inesperado de un sustancia que lleva ahí, en los estantes de los hospitales y farmacias un montón de tiempo.

La molécula a la que me estoy refiriendo es la ketamina. La ketamina es una molécula que se sintetizó por primera vez en el año 1962 y que ha venido siendo empleada mucho en el campo veterinario. Está a caballo entre un anestésico  y un relajante.

Por este motivo,  se emplea para hacer intervenciones quirúrgicas no muy profundas en animales. Si se requiriera de un grado anestésico mayor sería necesario recurrir a otras sustancias como el propofol o el pentotal, que dejan al animal o persona totalmente anestesiado, vamos lo que llamamos anestesia general. Por ello también se utiliza para la inducción y mantenimiento de la anestesia general, usualmente en combinación con un sedante.

De un tiempo a esta parte la ketamina ha comenzado a emplearse como una molécula con fines no muy legales. Este anestésico, a determinadas dosis, tiene propiedades alucinógenas, y los que la han probado indican cosas como “es como una entrada en una realidad totalmente ajena al cuerpo”. Personajes populares, si de esos que salen en la televisión, han sido alguno de sus más aguerridos seguidores y los que han puesto “en el candelabro” a esta molécula como nueva droga al uso.

A nivel fisiológico, la ketamina en dosis bajas aumenta la frecuencia cardíaca, la presión arterial y sanguínea, disminuyendo la frecuencia respiratoria. Su mecanismo de acción es complejo. La primera acción es el bloqueo de los receptores NMDA de glutamato, pero también tiene interacciones con los receptores para los opioides y para la acetilcolina entre otros.

Estos hechos han permitido a psiquiatras emplear la ketamina para el tratamiento de trastornos psicológicos para los que los tratamientos clásicos no funcionan, como el trastorno bipolar.

No hace mucho se ha descubierto un nuevo rol para esta sorprendente molécula. El estudio del efecto de la ketamina en ratas demuestra que mejora el comportamiento de las mismas frente a la depresión ya que acelera el establecimiento de las sinápsis cerebrales por medio de un proceso denominado sinaptogénesis .

Sin embargo, los mecanismos subyacentes a esta acción de la ketamina no habían sido identificados hasta la fecha. Cuando se aplica la ketamina en combinación con los antidepresivos  de uso más común, la respuesta del organismo a los antidepresivos se acelera sustancialmente.

Después de la administración de ketamina en el tratamiento de pacientes con depresión crónica se observa que los antidepresivos hacen su labor más rápido de modo que ya no hay que esperar a esas semanas, a veces más de tres, que eran receptivas para notar los cambios.

En conjunto, no sería de extrañar que en un futuro los tratamientos para la depresión se vieran suplementados con ketamina para permitir una recuperación más rápida de los pacientes.

Jesús Pintor, catedrático de bioquímica

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