El bodybuilding y sus consecuencias han hecho mucho daño al uso de algunos productos nutricionales. Cuando alguien piensa en productos nutricionales de proteínas sin tener mayor información que la recibida a través de telebasura, algún anuncio o persona cercana que levante hierros en un gimnasio puede acabar creyendo que las proteínas son sólo para eso: para los machacas de gimnasio.

Seguro que lo primero que se le vendrá a la mente es la imagen de un mutante (nótese que digo mutante porque la gran mayoría de físico-culturistas profesionales recurren a sustancias que provocan, literalmente, mutaciones genéticas).

La otra cara de la moneda nos muestra un uso mucho más interesante y noble de las proteínas. Por ejemplo, el que se deduce del estudio de Clifton y colaboradores (2009), que observaron que una dieta alta en proteínas, comparada con el uso de las cantidades estándar, provocó mayores pérdidas de peso y mejoras en el perfil de riesgo cardiovascular en hombres y mujeres obesos y/o con sobrepeso que, para colmo de males, presentaban problemas con los triglicéridos (uno de los parámetros relacionados con la grasa que no deben subir en nuestra sangre). 

El artículo muestra cómo se produjeron pérdidas de grasa total, y también de forma específica en la zona abdominal.

Si alguien quisiera saber qué proteína utilizar,  la ciencia es la mejor guía: existen razones para recurrir a proteínas provenientes del aislado de suero de leche (Whey protein, en inglés; en la inmensa mayoría de productos del mercado). Entre las razones de peso está el hecho de que ayuda a controlar los niveles de glucemia, tal y como muestran, entre otros, estudios como el de Petersen y colaboradores (2009).

Sin embargo, siendo algo más meticulosos, deberíamos considerar no recurrir únicamente a productos como este, de origen animal, especialmente si aun seguimos interesados en la salud óptima, y respetamos nuestros riñones y nuestro hígado. Hay muestras de que las proteínas animales son peor toleradas que las vegetales, por lo que también alternaríamos proteínas de este tipo en nuestra propuesta.

Más concretamente, si rizamos más el rizo, y a tenor de los resultados de un reciente estudio, optaríamos por extractos de proteína de garbanzo, por mostrar mejores resultados que sus competidores: guisante o la famosa soja. Estos resultados, además, mejoraban de forma dosis-dependiente. Es decir, que es mejor tomar una dosis de 20 gramos, que de 5, 10 o 15, como se compararon en dicho estudio.

Respecto a este último alimento, la soja, me posiciono claramente en la corriente de quienes piden cautela y precaución con el consumo habitual de soja, dados sus efectos estrogénicos, que la llevan a ser considerada un disruptor hormonal (una sustancia capaz de crear efectos hormonales y alterar el equilibrio).

Este asunto es de especial importancia, dada la excesiva cantidad de productos para niños que contienen soja, y que afectan negativamente a su normal desarrollo (Bar-El y Reifen, 2010), o dado los efectos observados en animales sobre la fertilidad masculina, según se desprende de una revisión publicada por un grupo de investigación de la Facultad de Medicina de la Universidad de Ginebra (Suiza).

En cualquier caso, el asunto que nos ocupa aquí es que si conoces a alguien que tenga problemas de sobrepeso, obesidad o problemas con el perfil lipídico de su sangre, o que tenga grasa abdominal (las estadísticas hablan de que más de la mitad de la población se encuentra en alguna de esas situaciones), sugiérele, con el respaldo de la ciencia, que se plantee aumentar su ingesta de proteínas, recurriendo a un buen producto nutricional basado en proteínas vegetales. Su barriga y su salud te lo agradecerán.

 Francisco Carreño-Gálvez (pacocarrenogalvez@gmail.com)

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