En las redacciones de los periódicos existe un viejo aforismo: “Nunca dejes que la realidad estropee una buena noticia”. No predicar con el ejemplo es un vicio que ha afectado tanto a las presuntamente almas más pías como a los cerebros científicos considerados como más notables.

De sobra es conocido que el papa Julio II, conocido como el Papa Guerrero, gran martillo de herejes y de la superchería, eligió para su consagración al Pontificado en 1503 el día que los astrólogos vaticinaban los mejores augurios, que jamás adoptó ninguna gran decisión sin consultar con las estrellas y que entre sus vestimentas siempre portaba amuletos de ámbar oriental, que se decía espantaba a los malos espíritus (eso por no hablar de que financió su magna obra, la Capilla Sixtina, con el dinero obtenido de indulgencias, botines de guerra, impuestos por el concubinato del clero o casas de lenocinio en Roma).

Al otro lado de la balanza tampoco se escapan inocentes trastadas como la de Galileo, quien falseó datos experimentales relacionados con el movimiento en planos inclinados para que coincidiesen con sus teorías; o la de Gregor Mendel, el padre de la genética, para cuadrar las propias. Aunque en ambos casos, resultó que la intuición resultó positiva. En el debe de Galileo está el haber visto a Neptuno y no haber reparado en ello.

Más inocente resultó Arthur W. Goospedd, quien hizo, también por casualidad, la primera radiografía de la historia (1890). A diferencia de Roentgen, no reparó en que estaba ante un hecho singular y no investigó el porqué de unos discos negros que aparecieron mientras fotografiaba descargas eléctricas en su laboratorio. Todo la gloria se la quedó el segundo, aunque su descubrimiento fue hecho cinco años después.

La escasa tradición científica española privó a Andrés Manuel del Río de descubrir el vanadio. Del Río encontró un nuevo elemento de la tabla periódica en un análisis de una prueba de plomo procedente de unas excavaciones en México. Bautizó el elemento como eritronio y mandó el correspondiente informe que fue publicado en la revista Anales de las Ciencias Naturales.

Pero los franceses, envidiosos ellos, se dedicaron a torpedear el descubrimiento asegurando que lejos de ser algo novedoso se trataba de cromo impuro. Europa creyó a los gabachos y hubo que esperar 30 años a que un químico sueco, Nils Gabriel Sefström, lo volviera a encontrar y se llevara todas las preces.

La lista de fraudes o de torpezas se ha ido perfeccionando a la par que el progreso en la ciencia. Sonoros fueron los fraudes de experimentos de clonación de animales del doctor Hwan Woo-Suk o el escándalo de la falta rigor de alguna de las consideradas biblias de las publicaciones científicas, que puso al descubierto a algún que otro tramposo y, sobre todo, que en las publicaciones científicas los sesudos revisores tampoco permiten que “la realidad les estropee un buen descubrimiento”.

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