En el collado de la Marichiva, a poca distancia del hollado Puerto de la Fuenfría, vive un zorro salvaje ajeno al pasado real que se viviera siglos atrás por esos lares. No lejos de allá está el difícil paso que utilizara Felipe II para cruzar la sierra rumbo a El Escorial y a poca distancia, la desaparecida Venta de la de la Fuenfrida, posada y resguardo de reyes y variopintos personajes que buscaran cobijo entre sus abigarrados paredones.

El collado está recorrido por una valla de piedra que sirve de separación entre las provincias de Segovia y Madrid. Por derecho de nacimiento pertenece el zorro a la linde segoviana, vertiente por donde se solaza y desenvuelve, aunque no duda cuando, la ocasión es propicia, en probar suerte al otro lado de la franja, trasladando cuerpo y cola por tierras madrileñas.

La necesidad le ha obligado -como a muchos otros- a cambiar de hábitos, y ajustar sus ‘horarios de trabajo’ a las circunstancias; así, ha cambiado su escurridizo modo de vida por otro más “socializado”, imponiendo a sus formas ausentes y esquivas un talante más abierto y una actitud espléndida para mostrarse y exhibirse.

Viejo zorro al fin y al cabo, inteligente zorro, zorro, zorro, ha optado por mutar “a lo zorro” el huidizo comportamiento, y no duda en salir al paso de cuanto excursionista pasea por la Sierra del Guadarrama en las horas matutinas de las concurridas jornadas dominicales en busca de viandas.

Su cambio de costumbres traslada a los humanos un debate filosófico-ambiental: compartir (o no) los alimentos con él e infringir con ello uno de los principios básicos de los ecosistemas naturales: el ciclo de materia que desde productor a depredador asegura el recambio, el máximo aprovechamiento y óptimo reciclaje de cuanto átomo ronda entre nivel trófico y nivel trófico, o dicho de otro modo, entre animal y animal. No es una cuestión baladí.

Pertrechada una mañana tras los ejemplares de pino albar con los que se viste el collado, pude comprobar cómo variada la galería de paseantes da respuestas diversas al asunto. El primer encuentro con el zorro, lo tuvieron dos aguerridos montañeros que venían cargando con pesadas mochilas desde la presa de Valsaín. Al toparse con el raposo se provocó una disputa entre los caminantes: uno, rechaza darle comida so pretexto de que un animal salvaje debe de buscarse la vida pues si se le acostumbra a tenerla al morro -argumenta- olvidará proveerse de su sustento y morirá. El otro, de corazón más blando, hace ademán de rebuscar en su petate, acción bruscamente interrumpida por un “ni se te ocurra, que nos acompañará hasta Cercedilla”.

Privilegiada espectadora de la conversación, no pude evitar sonreír ante su ingenuidad. Desconocen que el astuto zorro, obtenga o no premio, lejos de abandonar su nicho ecológico seguirá probando suerte con otros excursionistas sin salir del segoviano terreno que le sustenta. Al final, el macho alfa impone sus tesis y abandonan el paraje sin aligerar peso de sus modernas faltriqueras.

Sin cejar en su empeño, la bestia no duda en salir al paso de los siguientes caminantes, una pareja de veinteañeros enamorados que, como tales, disfrutan con intensidad de cualquier detalle que haga crecer su mutuo embelesamiento. Tanto que, nada más avistarlo, más que zorro les parece gatopardo, magnífico ejemplar de lobo, lince, pantera o león de los bosques.

La muchacha, conmovida, abre con presteza la mochilita dominguera y comienza a compartir suculentas piezas de fuet, lonchas de jamón serrano -retirando con mimo el tocino por si no es de su gusto- y otros manjares en cantidad y ritmo que casi no dejan tiempo al animal para recoger y esconder las domesticadas piezas en su particular escondrijo. Luego se alejaron creyendo haber vivido un acontecimiento único. Desde la serrana atalaya pensaba: “¡Quién fuera zorro!”

Y finalmente, al poco rato vuélvense a ver las orejas al zorro, a la espera de nuevos senderistas por encima de la valla. Esta vez, una pareja de varones, montañeros de ‘diseño’ ataviados con guetres, bastones telescópicos, forros polares y gore-tex. Solo se detienen el tiempo que les lleva liberarse de las polainas. El zorro por su parte, los corteja moviendo su preciosa cola. Sin embargo, apenas consigue llamar su atención. Lo miran con la misma indiferencia como si de perro se tratara. ¿Abundarán los zorros en las urbanas residencias?… Tras un “esto no es un zoo macho” hacen una instantánea con su “supercámara”, y continúan la marcha al metálico ritmo de los bastones.

Las últimas ‘víctimas’ de la jornada son una pareja de “maduritos” que se acercan al collado apurando su merienda. No ha lugar a dudas en este caso, pues no teniendo qué dar, no hay nada sobre lo que discutir. Persevante, con una actitud bien zorruna, se aproxima el zorro a una mochila sin vigilancia que reposa cerca de los caminantes, y hurga hasta encontrar su botín: una bolsa de plástico vacía. Cuando la abandone por inútil, ¡cómo justificar una actitud tan poco ecológica en una especie tan natural!

La historia no tiene moraleja. Evolución, semi-domesticación, instinto de supervivencia… Yo me conformo con aprender de quien, sin perder su ser, sin perderse, sabe adaptarse a los tiempos que corren.

Camino García Balboa 

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