Si hay un órgano del cuerpo humano que ha sido glosado con profusión en poemas y letras de canciones de amor sin duda es el ojo. Parece que ante la mirada de unos ojos grandes y almendrados –ya sean negros, azules o verdes— no podemos resistirnos. Pero también reflejan inocencia, picardía o malicia. Sea como fuere, actúan como un auténtico imán para nuestros sentimientos.

Los test psicológicos reflejan que los ojos grandes, de formas redondeados y coronados con unas grandes pupilas denotan ideas de emoción o excitación sexual, es decir, son portadores de un mayor atractivo (algo que por cierto ha sido explotado hasta la saciedad por los creativos publicitarios. Una mirada que exprese calidez o emoción se traslada al producto que hay que vender).

Y si esa mirada es acompañada por una sonrisa… a derretirse. Porque no hay nada que desarme más que una sonrisa. ¿Patrones culturales adquiridos por los humanos o respuestas biológicas comunes a todas las especies?

De entrada, y antes de mirar al resto de los animales, se puede afirmar que tras la contemplación de una sonrisa, los adultos producimos oxitocina, una hormona calmante que resulta un antídoto contra la hormona del estrés, y de ahí la sensación placentera.

“Una cabeza relativamente grande, predominio de la cápsula cerebral, ojos grandes y de disposición baja, región de las mejillas prominente, extremidades cortas y gruesas, una consistencia elástica y neumática, y movimientos torpes”. De esta manera, el investigador y divulgador Stephen Jay Gould describe en El Pulgar del Panda los caracteres que definen las formas infantiles en los seres vivos.

Unas formas que nos llaman la atención y que se pueden definir genéricamente como una de las principales leyes de atracción que operan en la naturaleza. Alguno de estos rasgos se mantienen en la etapa adulta, como pueden ser los ojos grandes, y dotan a sus poseedores de un atractivo especial. La retención de rasgos infantiles por parte de un animal adulto se denomina neotenia.

¿Quién se resiste a la ternura ante un cachorro de oso panda? ¿O a los torpes andares de un pingüino? ¿Y a las muecas de un chimpancé bebé? La lista de ejemplos podría agrandarse hasta el infinito, pero parece que esa frase de Balú (el simpático tutor de Mowgli en El Libro de la Selva), “todos los cachorros, incluso los humanos, resultan adorables”, se ha convertido en una sentencia inapelable.

Los argumentos a tal afirmación los encontramos en numerosos estudios biológicos que han seguido las pautas marcadas por el premio Nobel Konrad Lorenz, uno de los científicos que comenzó a estudiar estas analogías para con las crías de cualquier especie, o de los humanos para aquellos que poseen rasgos neoténicos.

La neotenia despierta los instintos de protección y cuidados “incitando a una ternura imprescindible para que los bebés o los cachorros sean alimentados y acariciados”. Todos nos sentimos, pues, atraídos por las formas infantiles. La indefensión es un instrumento de seducción.

Una ley que apela a nuestros instintos más básicos y que se manifiesta en todos los planos de nuestra existencia… ¿Se han parado a pensar por qué Mickey Mouse resulta tan simpático o la expansión en todo el mundo del manga (el cómic japonés, que luego ha sido adaptado a emisiones televisivas)?

Ahora bien, no me resulten conspiranoicos y vean detrás de la factoría Disney o la industria japonesa del dibujo a una horda de manipuladores. Sencillamente, una de las claves del éxito consiste en mantener acusados determinados rasgos neoténicos. Y eso es una consecuencia de la evolución o la fortuna de nacimiento que tienen algun@s.

Pero hay otras, no lo duden.

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