
Quien tiene una idea tiene un tesoro. Esta frase adaptada a las empresas tecnológicas, fundamentalmente las de informática y las de telefonía movil, se puede traducir en: quien tiene una patente tiene un tesoro. Y la posesión de una patente —que es un papel que certifica que alguien posee el derecho sobre el uso y comercialización de determinado aparato o tecnología— ha desatado una guerra sin cuartel entre las empresas del ramo, como hemos podido leer hacer poco en la prensa.
Patentar algo no impide a la competencia utilizar este producto, tan sólo señala que para usarlo se debe pagar por su uso al inventor. Esta situación hace que las empresas tecnológicas que descubren cosas nuevas traten de protegerlas con las correspondientes patentes, para que si la competencia las necesita pasen por caja.
El problema es que este celo a la hora de proteger la propiedad intelectual hace que se patente prácticamente de todo y, de ese modo, aumente el valor de una empresa, pues se trata de un valor intangible, pero al fin y al cabo un elemento que enriquece, potencialmente, a la empresa. No obstante, no se puede patentar cualquier cosa. Para ello, hace falta que en lo que inventemos exista actividad inventiva, novedad y una posible aplicación industrial.
Como comentaba el artículo del que hablaba, las empresas están cargándose exageradamente de unas patentes de dudosa utilidad, pero que indudablemente les dan un valor añadido. Y el valor añadido depende exclusivamente de lo que se quiera pagar por ella. Si uno tiene una patente para curar una enfermedad poco prevalente, su patente valdrá poco, pues ese fármaco solo se venderá a unos pocos enfermos.
Sin embargo, si el fármaco es para una enfermedad muy extendida, la patente valdrá millones. Este hecho empieza a ser curiosamente parecido a la situación que hemos vivido hace poco en nuestro país. Me refiero a la burbuja inmobiliaria. Quiero decir que se puede inflar el mercado. Un ejemplo ha sido cómo se ha gestionado la celebre gripe A. Cómo una gripe no exenta de riesgo fue cobrando relevancia a medida que la OMS agravaba el nivel de la enfermedad hasta declararla pandemia.
Un pequeño laboratorio norteamericano, Gilead Sciences Inc., tenía la patente de la vacuna para la gripe A, el Tamiflú. Este laboratorio creció como la espuma en cuanto la OMS declaró la pandemia y los gobiernos, en buena lógica, acapararon estas vacunas por lo que pudiera pasar en sus países. Y después, afortunadamente, no pasó nada en la población mundial. ¿Nada?
Lo que pasó es algo muy sospechoso, pues organismos internacionales, de una manera por lo menos dudosa, elevaron los criterios de riesgo de enfermedad y enriquecieron a un laboratorio, a costa del miedo de la gente de la calle. ¿Y quien ganó? Pues Gilead Sciences y sobre todo su director. ¿Quién es el director? El Sr. Donald Rumsfel… ¿No les suena?
Jesús Pintor



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