La II Guerra Mundial ha sido, sin duda, una de las más terribles que han asolado la Humanidad. Su rastro de horrores es patente y huelga hacer un relato en negativo de lo que son capaces los seres humanos. La inteligencia puesta al servicio de la muerte, de la construcción de máquinas perfectas para matar. Pero también, y quedémonos con eso, en su estela de destrucción vieron la luz algunos inventos que hoy consideramos imprescindibles (en el mal llamado mundo desarrollado) para nuestra comodidad, como el microondas.
Como suele ocurrir con muchos de los avances de la ciencia o la tecnología, ocurrió por casualidad. Por esa chispa de ingenio que surge (a las personas con talento) cuando se asocian hechos aisaldos: un dulce de chocolate en un bolsillo de un ingeniero goloso que se derritió de manera espontánea en un laboratorio bastó para el desarrollo de este horno, que ha revolucionado hábitos y modos culinarios desde la segunda mitad del siglo pasado.
Obsesionados por conocer los movimientos de las fuerzas enemigas, los aliados (y los nazis) dedicaron gran cantidad de tiempo a diseñar y mejorar un ingenio que les permitiera detectar objetos en la distancia: el radar. Básicamente, y sin meternos en honduras, es un sistema que se basa en emitir un impulso de radio (unas ondas) al espacio que, al chocar con un objeto, nos devuelve en forma de eco información sobre su tamaño, su posición, su movimiento y la distancia a la que se encuentra.
En el perfeccionamiento de su funcionamiento andaba atareado Percy Spencer, un ingeniero autodidacta (no llegó a completar sus estudios de primaria hasta que ingresó en US Navy como telegrafista) cuando en 1945 se quedó contemplando el funcionamiento de un tipo de radar al que estaba contribuyendo a mejorar.
Entonces ocurrió lo inesperado. Una barra de chocolate que llevaba en el bolsillo se derritió. Intrigado, Spencer decidió conocer el porqué. Alterando las condiciones del aparato, probó con semillas de maíz, y estas se inflaron como un globo. Luego hizo lo propio con un huevo, que empezó a vibrar hasta que explotó. El calor (energía) provocado por la radiación de esas microoondas era capaz de cocinar alimentos.
Las observaciones y cálculos realizados a partir de las radiaciones que se producían dieron lugar a este electrodoméstico. Diseñó una caja metálica hermética donde la energía en forma de microondas no pudiera escapar y creara un campo electromagnético con una densidad variable (en función de la potencia aplicada) que hacia que la temperatura del alimento introducido aumentara. El primer prototipo medía más de metro y medio y contaba con un complejo funcionamiento que incluía tomas de agua para enfriar el circuito.
Spencer trabajaba para una empresa, Raytheon, que no dudó en ayudar al ingeniero a patentar su invento y, apenas dos años después, en 1947, fabricar su primera unidad (si esto hubiera ocurrido en España, por ejemplo, seguro que los planos del artilugio todavía seguirían dando vueltas de despacho en despacho y el plan de producción estaría todavía en fase de estudio de mercado).
No hace falta decir que Percy Spencer hizo carrera dentro de esta compañía, se convirtió en millonario y ocupó un puesto en el consejo de administración. Llegó a registrar 300 patentes. La popularización masiva de este tipo de hornos se produjo en la década de los setenta.
Moraleja, del caos surge el orden y también buenas ideas… Es cuestión de poner las neuronas a trabajar en positivo y contar con una burocacia que no limite el conocimiento.





Discreta y asumida critica de la burocracia española. Aprecio.