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A Rafael Lluch

La Guerra Fría y la carrera armamentística en la que derivó ha reservado un papel preponderante a los varones. La historia y la ficción, cuando nos referimos a las intrigas de espionaje, agentes dobles, héroes o villanos, se escribe en masculino, relegando a las mujeres a meras comparsas, bien como pobres bailarainas engañadas —del tipo Mata Hari— bien como exhuberantes chicas Bond. Pero nada más lejos de la realidad.

Ni este periodo, que abarca ampliamente la segunda mitad del siglo XX, se ha dividido entre estadounidenses y soviéticos, ni los grandes espías pertenecieron al selecto club de los machos, ni los claustros de universidades o laboratorios estaban plagados de ingenieros, investigadores o científicos dispuestos a vender sus secretos al mejor postor o ponerlos al servicio de un ideal. Por empezar por lo del género, el despertar de China como potencia nuclear se debe a una mujer, Joan Hinton, de Wisconsin (EE UU) por más señas.

En segundo lugar, hay que señalar que en este partido jugaron primero los nazis, quienes además de potenciar a determinados científicos provocaron con su ascenso al poder la fuga de notables cerebros, como Einstein o Fuchs. Luego los británicos, quienes a pesar de su flema y lealtad a la reina, protagonizaron sonoros escándalos de porosidad en sus filas, espionajes y abandonos. Y cómo no, China, que desde Napoleón tememos su despertar.

Además, como en toda actividad humana, para ser espía o felón hay que tener una buena dosis de buena suerte. Volvamos a Klaus Fuchs, uno de los malos por excelencia. Alemán escapado de los nazis y afincado en el Reino Unido, fue un brillante físico. Hizo los cálculos fundamentales para la creación de Fat Man —la bomba atómica que estalló en Nagasaki—. También participó en los modelos iniciales de la bomba de hidrógeno.

Un hombre con suerte que escapó a la caza de brujas de los británicos a los alemanes, que recibió incluso pasaporte de Gran Bretaña y que fue trasferido como personal de confianza a EE UU. Pero tenía un defectillo: era comunista y no dudó en pasar los principales secretos de estas armas a los soviéticos. Utilizando los datos de Fuchs, Stalin detonó (РДС-1), su primera bomba atómica, en agosto de 1949. (РДС-1) era idéntica a Fat Man. Descubierto en 1950, apenas paso diez años en la cárcel —otros, como los Rosenberg, que pasaron secretos de menor relevancia, murieron en la silla eléctrica— y acabó en Dresde (Alemania) como reputado investigador.

A la sombra de Fuchs, durante su estancia en Estados Unidos, desarrolló su carrera Joan Hinton. Y lo igualó en felonía (ella se vendió a China) y talento, y lo sobrepasó en importancia y discrección. Es la palanca que incorporó a la China de Mao al selecto club nuclear (que a su vez facilitó el acceso a Pakistán y a Corea del Norte).

Hinton (1921-2010) estudió Física en la Universidad de Wisconsin. Fue extraordinariamente brillante: se decía que el talento “le venía de familia”, ya que era la biznieta de George Boole (el inventor del álgebra de Boole, sin la cual no existirían hoy en día los ordenadores).

Fue reclutada muy joven por Enrico Fermi (el premio Nobel que construyó el primer reactor nuclear del mundo) para trabajar en el Proyecto Manhattan. Bajo este nombre en clave, EE UU desarrolló en secreto, con la ayuda de Reino Unido y Canadá, la carrera por logar la primera bomba atómica del mundo.

Su trabajo directo con Fermi la permitió acceder a los secretos fundamentales de las primeras bombas atómicas y de hidrógeno, además de desarrollar aplicaciones fundamentales en estas. Por supuesto, Joan Hilton fue un testigo privilegiado de la explosión de Trinity en los Álamos el 16 de Julio de 1945: la primera bomba H de la humanidad.

Pero el caso es que Joan no se encontraba muy cómoda trabajando para su país. Así que aprovechando que su hermano William, destacado miembro de la US Office of War Information (es decir, un espía norteamericano), estaba destinado en China, planificó su cambio de bando.

William, camuflado como sociólogo, viajaba desde 1937 a la China conquistada por los comunistas para estudiar sus reformas agrarias. En 1948, los hermanos viajaron juntos al continente. Joan estableció contactos con los maoístas y jamás volvió a pisar su tierra natal.

Admiradora del Gran Timonel, le proporcionó los planos para construir su primera bomba atómica y trabajó en el desarrollo de la industria (la militar y la civil) en el gigante asiático. Murió en 2010 cerca de Pekín. Tenía 88 años.

Eduardo Costas

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