Algunos frisos arquitectónicos del primer gótico representan a Eva saliendo, literalmente, del costillar de Adán. Asomada por el lateral atiende a Dios, que la recibe, mientras Adán echa una cabezadita. En esos relieves se hacen más precisas, si cabe, las palabras del Génesis “Y de la costilla que Jehová Dios tomó del hombre, hizo una mujer, y la trajo al hombre”. Algo así como un alumbramiento excepcional (como lo de la virgen).

Que la mujer sea resultado de una extracción del cuerpo del hombre no sólo es inaudito, sino que contraviene a la misma naturaleza, que demuestra con cada nacimiento que la vida se genera en la mujer. Pero todo quedaría en una reivindicación feminista más contra el patriarcado eclesiástico si no fuera porque la ciencia ha corroborado que, en el origen, todos fuimos féminas.

Se sabe que las mujeres poseen dos cromosomas X (XX), mientras que el hombre tiene uno X y otro Y (XY). Lo que quizás no sea tan conocido es que durante las primeras semanas de vida, todos los seres humanos son del género femenino. Es decir, todos los embriones poseen dos cromosomas XX. No fue hasta 1966 cuando Mary Lion descubrió que, de forma aleatoria, uno de los cromosomas X se desactiva, comenzando un proceso de conversión que finaliza con la presencia de uno Y. Así que eso de que Adán fue el primero en pisar el paraíso, quizás no sea del todo cierto. ¿No sería que Eva ya andaba por el jardín del Edén y Dios se había despistado?

Hace 300 millones de años los cromosomas sexuales de los mamíferos comenzaron a diferenciarse. Fue entonces cuando el cromosoma Y comenzó a distinguirse del X, perdiendo parte de su información génica; convirtiéndose en una versión atrofiada del X.

Los avances científicos ha ido dando cuerpo al mapa genético. En 2005, un equipo formado por 250 investigadores procedió a la secuenciación de ADN del cromosoma X. En ella descubrieron que gran parte de la información que contiene este cromosoma es responsable de las grandes diferencias entre hombres y mujeres. De hecho, los datos que contienen los genes del X se expresan el doble de veces en las féminas que en los varones, lo que explica la heterogeneidad entre las mujeres -¿pero no éramos todas iguales?-.

El funcionamiento de los cromosomas X en una mujer se podría equiparar a una caja de repuestos mecánicos, pues cualquier defecto en uno de los dos queda minimizado  por tener un compañero igual que suple la falta de información en su pareja; sin embargo la cosa se complica para los hombres. En su caso, el Y no lleva los genes que facilitarían la compensación de las imperfecciones que pudiera tener el X. El hombre no cuenta con recambios para los defectos, lo que da lugar a algunas enfermedades propias de su género, aunque el responsable sea el cromosoma más femenino.

No se alarmen. La información descubierta tras el mapeo del cromosoma X permitirá, tarde o temprano, encontrar la cura de esas más de 300 enfermedades asociadas al mismo. De momento, lo que sí está más claro es que el componente femenino en el ser humano no sólo es importante, sino que está en el origen de todo. Que el hombre resultara con una costilla menos no le da derecho a Dios a inventarse que salimos del cuerpo de ellos, al estilo del octavo pasajero.

Ana Rosa Maza

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