La desaparición de Steve Jobs, el genio de Apple, ha suscitado una marea de comentarios sobre el valor intrínseco del talento sin necesidad de ser cultivado por el tamiz de la univesidad, amén de otro sinfín de loas en las que subyace un canto desmesurado a la cantidad de oportunidades de subir peldaños en la escala social que ofrece el sistema capitalista frente a otros.

Quedémosnos sólo con los primeros y aprendan a multiplicar sin necesidad tener conocimientos, o muy pocos, de matemáticas, y olvídense de memorizar las temidas y soporíferas tablas. Basta con saber contar, algo que está al alcance de un niño de cinco años, y dibujar palotes en una pizarra o incluso en el suelo con un punzón o una piedra.

Como muestra un botón. Pongamos como ejemplo una multiplicación compleja pero no demasiado, para no hacerlo muy tedioso: una operación de dos números de dos dígitos, 24 X 12. El resultado es 288. Ya saben cómo hacerlo de la manera tradicional, así que ahorramos explicaciones.

Para llegar al mismo resultado existe otro camino. Tome la primera cifra, 24, y trace de manera agrupada por unidades, decenas, etc, de izquierda a derecha tantas rayas como números (como se puede observar en la foto que ilustra este artículo). Es decir, en este caso, dos para las decenas y cuatro para las unidades. En el mismo espacio, repita el procedimiento, pero en esta ocasión de derecha a izquierda, para la segunda. Una para las decenas y dos para las unidades.

Acabamos de dibujar una especie de cuadro escocés donde se superponen rayas en ambos sentidos y donde vamos a ver que se producen intersecciones en los puntos donde se cruzan las líneas.

Ahora solo queda trazar un eje imaginario, contar y tendremos hecha la multiplicación. Contemos cuántas intersecciones se han producido en el primer cruce: 2. Hagamos lo propio con el segundo, 8, y para terminar, ya que sólo queda una intersección, contemos y nos saldrá otro 8. Es decir, 2 8 8.

La fórmula vale para cualquier multiplicación que se proponga. ¿Ingenioso? Esta sencilla calculadora de mano se la debemos a Juanelo Turriano. Vio la luz en España en el siglo XVI y, con ella, los obreros de la construcción (analfabetos pero que por mor de manejar el dinero y acudir a los mercados eran capaces de contar, aunque no mucho más; el manejo de las cuatro reglas y del arte de la lectura y escritura estaba reservado para los bachilleres) pudieron realizar los cálculos precisos para la construcción de edificios o del material necesario para los mismos.

A diferencia de Jobs, Turriano nació en el país equivocado y en el siglo menos oportuno, así que tuvo que subsistir como bufón del rey y morir en la indigencia.

Eduardo Costas y Enrique Leite

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