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Que comer es uno de los placeres de la vida es indudable, al menos para mí, aunque he de reconocer que no todo el mundo piensa lo mismo. Es más, puedo añadir que paso por temporadas en las que el apetito desaparece y, por consiguiente, requiero de voluntad más que de deseo para sentarme a la mesa.

El apetito por la comida —del otro podemos hablar en otro momento— es un fenómeno fisiológico regulado por una serie de moléculas que circulan por nuestro organismo. Sin embargo, aunque estas sustancias regulan los hábitos alimenticios, siempre hay indicios que  ponen de manifiesto nuestras ganas de comer. Sirva como ejemplo el conocido ruido de tripas o el agujero en el estómago. El primero siempre nos ha jugado alguna mala pasada en momentos importantes, y no solo porque tengamos hambre, ya que los nervios y la ansiedad también los producen.

Estos ruidos se llaman técnicamente borborigmos y se deben al desplazamiento de los gases de nuestro intestino y estómago, pero cuando lo hacen de manera coordinada. Cuando tenemos hambre, una señal nerviosa va preparando al estómago para recibir comida aumentando sus contracciones (peristaltismo) y la producción de jugos gástricos. No hay que olvidar que el estómago está únicamente lleno de aire y, al contraerse con los jugos y evacuar el gas, se produce el ruido característico. 

La otra sensación, la del agujero del estómago, tiene mucho que ver con la anterior. Sin duda es debida a cambios provocados por la carencia de alimento, aunque en algunos casos la sensación, casi dolorosa, se debe a una úlcera de estómago… Pero no hay por qué alarmarse.

La sensación de vacío se debe, como se ha comentado con anterioridad, a que el sistema nervioso prepara al estómago para la llegada de la comida. Sin embargo, si el alimento no llega, la señal nerviosa continúa estimulando la producción de jugos gástricos y la peristalsis, de manera que notamos el ejercicio que hace el estómago, por pequeño que sea este movimiento. Estas contracciones, si duran mucho tiempo, generan una sensación extraña, casi dolorosa.

El apetito, desde el punto de vista fisiológico y ya no físico, es una sensación que está controlada por numerosas moléculas, algunas de las cuales se generan en el hipotálamo. Unas son proapetito y otras, por el contrario, lo reducen. Dentro de las que lo producen están el neuropeptido Y y una proteína llamada AgrP. El primero es muy potente, de modo que inyecciones de este neuropéptido en el hipotálamo de modelos animales produce un aumento muy importante del apetito, que les lleva irremediablemente hacia la obesidad.

Por otro lado, la proteína AgrP es capaz de bloquear los receptores de melanocortina, que directamente controla el comportamiento alimentario y, por ende, el peso corporal. Personas con obesidad tienen niveles elevados de esta proteína, este es el motivo de su gran peso. Por el contrario, se conocen personas con una pequeña mutación en el gen (polimorfismo) que codifica para esta proteína, lo que les hace ser genéticamente delgados.

Además de haber moléculas proapetito también las hay supresoras. Resulta obvio que una es la melanocortina (pro-opiomelanocortina, para ser más preciso), que se sintetiza en la pituitaria cerebral, ya que, como se ha comentado, la proteína que bloquea su efecto, AgrP, hace lo contrario. También son supresores del apetito determinadas moléculas relacionadas con la acción de la cocaína y las anfetaminas en el hipotálamo. Pero hay más. Por ejemplo, la colecistokinina que fabrica el duodeno tiene efecto saciante. La leptina que sintetiza el gen Ob(lep), situado en el cromosoma 7, tiene efectos muy notables en el hipotálamo, que hacen que la ingesta de alimentos se reduzca como consecuencia de una disminución del apetito.

Se podrían ir añadiendo más y más moléculas que, en su conjunto, orquestarían la gran sinfonía del apetito, pero siempre, musicalmente hablando, el hambre se manifiesta con un rugido de las tripas.

Jesús Pintor

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