En la purga estaliniana de los genetistas rusos, la mayoría terminaron muriendo en el Gulag. Karpechenco fue de los pocos fusilados. Parece que Stalin se tomó especialmente mal el asunto del rapicol. En la La Unión Soviética la palabra fracaso no existía, ni siquiera en la creación de  una nueva especie.

Cuentan que firmó la sentencia de muerte de Karpechenco mientras tomaba una taza de café, paradójicamente una de las prácticas agrícolas más ineficaces que practica la humanidad.

Del café (Coffea arábiga) se aprovecha menos del 1 por mil de la biomasa cultivada (solo utilizamos los granos). Y para colmo, no los comemos directamente: tan solo extraemos alguna de las sustancias solubles mediante agua hirviendo o vapor.

Una práctica poco productiva que apenas permite aprovechar una pequeñísima fracción del contenido del café. La mayor parte de las sustancias de interés se tiran con los posos.

Nos acostumbramos a tomar café, una droga potente y adictiva. Para ello dedicamos una gran cantidad de excelente terreno agrícola a cafetales. Un terreno del que apenas se aprovecha una ínfima fracción de la biomasa que produce, lo que conduce a interesantes paradojas.

Se dedicó más superficie de terreno para satisfacer las demandas de café de Stalin que para darle de comer -como ocurre con cualquier persona que sea “muy cafetera”-. Y aunque sabemos que las hambrunas tienen que ver casi exclusivamente con el absurdo sistema de mercado que hemos elegido, si tomásemos una taza de café menos a la semana, el terreno agrícola que quedaría libre resolvería, con mucho, la hambruna del cuerno de África.

Tomar café en dosis moderadas no es malo (probablemente tampoco sea muy bueno). Abusar de él si que puede ser perjudicial.

Sin embargo, racionalmente no deja de ser absurdo mantener una práctica tan sumamente ineficaz. Y es que muchas veces el mercado favorece prácticas totalmente ineficientes por mas que los economistas neocon intenten convencernos de lo contrario.

Eduardo Costas

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