La rivalidad entre las dos superpotencias resultantes de la II Guerra Mundial se manifestó en todos los escenarios posibles. Estadounidenses y soviéticos, dos modelos de organizar el mundo, necesitaban demostrar al resto de la humanidad que atesoraban el poderío militar, el de la ciencia, el del progreso y el de la tecnología.

La guerra fría fue una situación que se vivió en muchos escenarios diferentes. De lo más burdo y sangrante, como el Muro de Berlín y la multitud de guerras en países a satelizar, a competiciones más nobles -por los beneficios resultantes para la Humanidad- como la conquista del espacio o la investigación para guardar más premios Nobel en sus vitrinas.

Pero, sin duda, en esa liza ambas superpotencias encontraron un escaparate donde sacar músculo: los Juegos Olímpicos. Retransmitidos en directo a todo el planeta y bajo el paraguas del citius, altius, fortius (el más rápido, el más alto, el más fuerte: el lema de los Juegos), las pantallas de los televisores daban una precisa imagen cada cuatro años de cómo el ser humano -el soviético y el occidental- evolucionaba y mejoraba. 

Una alocada y tramposa carrera por la que se han cometido auténticas barbaridades para engrosar el medallero y en la que un país, la DDR (la República Democrática Alemana), cobró un protagonismo negativo. En las décadas de los setenta y ochenta, pusieron todo su conocimiento en demostrar que tras el Telón de Acero vivían superhombres y para ello se apoyaron en un agresivo programa de dopaje.

Se estima que unos 10.000 deportistas, desde el año 1974 hasta 1989, año en que cae el Telón, fueron estimulados artificialmente para obtener un mejor rendimiento. Uno de los agentes más empleados fue la testosterona, así como sus derivados.

Y lo hicieron sin tener en cuenta que su abuso ocasiona numerosos cambios físicos y psicológicos en las personas que las consumen, sobre todo en las mujeres. La testosterona es una hormona sexual masculina que, aplicada como método de dopaje, aumenta el tamaño muscular, la fuerza y la resistencia. Además de estos cambios físicos, provoca que aparezca vello facial, cambie la voz -pasa a ser más grave- y otro sinfín de efectos.

Una atleta de la República Democrática Alemana, Heidi Krieger, lanzadora de peso, comenzó a ser sometida a ciclos de dopaje con esta hormona al segundo año de ingresar en su club deportivo, allá por el año 1981. Bajo amenaza de ser expulsada del equipo, Heidi llegó a consumir 30 mg diarios de esta sustancia, lo que en breve hizo que pasara de ser una chica delgada a ser una persona muy rocosa. En 1986 gana la medalla de Oro en los Campeonatos de Europa de Atletismo.

Pero el éxito deportivo no lo era todo para ella. Su equilibrio psicológico se empezaba a romper. No le gustaba su cuerpo y su humor se volvió cambiante, pasaba de la euforia al pánico sin causa aparente.

El exceso de testosterona (inducido y por lo tanto artificial) y los cambios físicos y psicológicos provocados acabaron con Heidi, que desde 1997 se llama Andreas. Cobaya humana por mor de mejorar la raza, Heidi/Andreas tuvo que emprender un complejo camino de reasignación de sexo que le ha convertido en hombre.

La medicina es un buen instrumento para corregir errores de la naturaleza (permitir que una mujer o un hombre cambien de sexo)  pero no para provocarlos contra su voluntad. El caso de Andreas quizás se sitúe en el extremo, pero el uso salvaje de compuestos dopantes afecta de manera muy negativa al organismo: favorece la aparición de determinados tipos de cáncer, destroza el hígado, y eso sin contar con los cambios psicológicos.

El ser humano evoluciona y mejora en cada generación y no hay que acelerar este proceso natural. No deja de ser triste levantarnos por la mañana y leer o ver que deportistas de élite mueren o padecen enfermedades terminales a edades tempranas. No todo vale, y menos por una causa tan poco edificante como justificar la pujanza de un sistema político o la creación de un superhombre (durante cinco minutos).

Jesús Pintor

 

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