Un médico español en el exilio, en Moscú, fue interpelado por su colega soviético: “Es insensato ir, al menos mientras viva Franco”. El español respondió: “Sensato, insensato, eso no es importante cuando se trata del afecto”.
El médico quería volver a España para ver a su madre, quizá por última vez. Y, efectivamente, sorteó todas las dificultades y volvió varias veces, en plena dictadura.
Las personas nos debatimos entre la obligación, la devoción y el temor constantemente. Lo que queremos y lo que debemos hacer no siempre van juntos. Y además es imposible elegir lo que se quiere.
La excepción suele ser la de los profesionales universitarios, como los médicos. En ellos coincide la obligación con la devoción: hacemos lo que nos gusta, porque es nuestro deber pero también porque es nuestra pasión. Igual le sucede al investigador y, con mucha frecuencia, al docente.
Sucede que el empleador lo sabe. Y con frecuencia, de forma plenamente consciente, las empresas privadas (y públicas) no remuneran a sus profesionales de acuerdo a su valía, porque… ¡muchos irían casi gratis! Así, como suena.
Si tu trabajo te gusta, estás siempre de vacaciones, esto es un hecho. Pero de ahí al abuso va un mundo. Para paliar la injusticia manifiesta que supone que, por ejemplo, el peluquero del médico gane mucho más dinero que el médico del peluquero, se introdujeron en apariencia sensatos sistemas de bonificación del trabajo hecho, pagando por acto médico, en lugar de subir la remuneración fija. Este fue el final de la sensatez en el sistema, porque como diría cualquier obrero, “si trabajas a prima te envenenas”.
Ni hay tiempo para el ocio, ni lo hay para la investigación, ni tampoco para la docencia. Solo hay tiempo para ganar el dinero que permita al asalariado vivir, lo que no le permite su sueldo. Además, sutilmente se derivó la actividad de la mañana a la tarde, porque la peonada se cobra y la mañana se sufre. Y se generó una injusticia irreparable entre médicos que producen y médicos que solo cuestan. Sus especialidades cayeron en la más oscura de las desgracias, con nula demanda y nulo prestigio, y la cosa no ha hecho más que empezar.
La realidad es que, después de la terrible crisis económica, el único arreglo a este despropósito es duplicar las plantillas en dos turnos de mañana y tarde, solapados en un mediodía común, y subir los sueldos hasta un estándar europeo, no pedimos más. Lo mismo que en la media dela UE.
En la esfera privada, deber y querer han de conjugarse lo más armoniosamente posible, seguro que es posible para cada persona. Hacer por obligación algo que no se quiere acaba pasando factura. Es insostenible a medio plazo. Hacer solo lo que se quiere y olvidar las obligaciones es infantil.
En lo profesional, nosotros queremos atender a nuestros pacientes bien y debemos hacerlo bien, nos gusta de hecho hacerlo, esto es vocacional. Pero que no abusen de nosotros.
Juan Martínez




