Transbordador espacial Atlantis, antes del último despegue. Foto de NASA HQ Photo

A media mañana del 8 de julio de 2011 despega el transbordador espacial Atlantis en su último vuelo, esta vez solo con cuatro astronautas a bordo. Es el final de una época: la de la carrera espacial, probablemente el mayor logro científico-técnico de la humanidad, que condicionó la vida de mucha de la gente que hoy tenemos más de 50 años. Buena parte de mis colegas aseguran que las misiones de los Mercury, Gemini y Apolo son la principal causa de su dedicación a la ciencia.

La conquista del espacio que enfrentó a estadounidenses y soviéticos fue un acicate tecnológico del que surgieron multitud de aplicaciones que son de uso común en nuestra vida (desde los zumos de frutas de bote hasta el GPS). Pero sobre todo abrió la mente del ser humano a nuevas ideas, que han cambiado la percepción de quiénes somos y qué lugar ocupamos en el cosmos. Era la base de un modelo de desarrollo económico y, por qué no, también filosófico.

La famosa foto de Bill Anders tomada en el Apolo VIII donde se ve a la Tierra salir en el horizonte lunar se ha convertido en un icono: nos hizo ver que nuestro planeta es pequeño, limitado y finito. Nuestro único hogar. 

Esa instantánea, por ejemplo, dio lugar al mayor aporte conceptual en teoría ecológica, conservación y sostenibilidad. Pero también representó un modelo de trabajo, un ejemplo de cómo es posible unir a miles de mentes en un trabajo ilusionante para alcanzar una meta común, para toda la humanidad. Una conquista que Neil Armstrong resumió en una frase que también forma parte de nuestro acerbo: “Un pequeño paso para el hombre, pero un gran paso para la humanidad”.

Del mismo modo que un sector productivo actúa como motor de todo el sistema económico, el programa espacial fue uno de los mayores alicientes para sumar científicos a esta pequeña gran comunidad.

Al final, razones económicas (a pesar del cacareado impulso del I+D como salida de la crisis), son las que han dado al traste con el programa espacial. Al menos, la crisis va a impedir que en los próximos cinco años despegue un solo cohete tripulado desde Cabo Cañaveral. Paradójicamente, la economía financiera es la principal amenaza de la ciencia, y quién sabe si acabará con décadas de progreso.

Chinos, indios y rusos toman el relevo, pero de manera tímida y desde luego sin los aditamentos de la anterior carrera, donde el prestigio de las dos grandes superpotencias movilizaba ingentes recursos, porque no solo estaba en juego quién llegaba antes a determinados lugares, sino la preponderancia tecnológica. Y de eso, a corto, medio y largo plazo, nos beneficiábamos todos.

¿Estamos en el umbral de otra larga noche como fue la Edad Media? Caer en el atraso (en todos los términos) por razones religiosas parece menos grave que caer por dinero, sobre todo teniendo en cuenta que el planeta destina más fondos para mantener el deporte rey que los programas espaciales.

Esperemos vivir para contarlo.

Eduardo Costas

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