Hay tipos que nacen con estrella y otros estrellados. Henry Stanley está a medio camino entre los dos polos. En 1871 se topó con David Livingstone, el explorador escocés a quien casi todos daban por muerto en su obsesiva búsqueda de los flecos del nacimiento del Nilo que Speke y Burton habían dejado sin cerrar. Estaba en el corazón de África.
—“Usted es el Dr. Livingstone, supongo”.
—“Sí, caballero” —contestó Livingstone, con la benévola sonrisa y la ritual reverencia típica de un hombre con un carácter dulcísimo que gozaba en Inglaterra de un sólido aprecio popular.
Se encontraba sentado en la orilla del lago Tanganica, en una aldea llamada Ujiji, en Tanzania, y vestía como un lord en pleno centro de Londres. Llevaba más de cinco años desaparecido. La última noticia que se tenía de sus andanzas por el continente negro era un cable llegado a las oficinas de la Royal Geographical Society: “He encontrado el nacimiento del Nilo”. Todos los expertos de la refinada y prestigiosa sociedad británica quedaron estupefactos. Las coordenadas enviadas le situaban mucho más al sur, en Tanzania. Ver artículo completo »













