La tradición familiar puede resultar una pesada losa de la que hay personas que no logran desembarazarse en toda su vida. Para otros es una señal que marca un camino a seguir para desarrollarse y alcanzar la plenitud profesional. Y solo son unos pocos los que pueden enorgullecerse de pertenecer a una familia de largo recorrido en un campo concreto y, encima, lograr la gloria. Es el caso de Maria Goeppert-Mayer, premio Nobel de Física en 1963.

Formar parte de una dinastía de científicos es algo realmente raro en este mundo y Mayer constituye la séptima generación de profesores universitarios (un apellido ligado a la ciencia, en diferentes disciplinas, ininterrumpidamente durante más de 200 años). Polaca de nacimiento (Katowice,1906), de notable inteligencia, Maria mostró desde pequeña inclinaciones por el estudio y la investigación, que la encaminaron primero a las Matemáticas y luego a la Física, carrera que cursó en la Universidadde Göttiengen. Lo que no se podrá determinar nunca es cuánta culpa tuvo una sentencia que machaconamente le repetía su padre: “Nunca seas solo un mujer”.

Aun así, para una mujer, tener una formación académica de alto grado en el primer cuarto del siglo XX no era una cuestión sencilla. A los 24 años se licenció. Eran tiempos en los que la Física estaba sometida a grandes cambios y descubrimientos: de partículas, de reacciones atómicas, de los primeros aceleradores (eran los albores de la física cuántica). Su tesis ya constituyó una aportación a este campo: elaboró una teoría sobre la energía emitida por los electrones. 

En concreto, calculó la probabilidad de un electrón de emitir dos protones (en lugar de uno) mientras se mueve a una órbita más próxima al núcleo. Su teoría y su solución fueron demostradas décadas más tarde, en 1960, a través del empleo de los rayos láser.

1930 marcó su existencia. Fue el año de su matrimonio con Joe Mayer, profesor de Química y padre de sus dos hijos (Marianne y Peter). Juntos emprendieron la aventura americana. Él, contratado porla Universidad John Hopkins de Baltimore; ella, en calidad de consorte. A pesar de su brillante tesis, corría la Gran Depresión, y por ser esposa de un profesor jamás fue contratada  por esta universidad.

Ella siguió trabajando, pero por el placer de hacer física, no porque se la reconociera con un puesto de trabajo de primer nivel. En su camino se cruzó Karl F. Herzfeld, con quien escribió varios artículos y quien la incitó a trabajar en el color de las moléculas orgánicas. En 1939, el matrimonio se traslada a Columbia, donde Maria trabaja en el Laboratorio de SAM, en la separación de isótopos de uranio, con Harold Urey en la dirección.

Pero tuvo que esperar hasta 1946 para encontrar su verdadero primer puesto enla Universidad-aunque siempre de segundo nivel-, en el Laboratorio Nacional de Argonne en Chicago, donde se adentró en la física nuclear. Dos años después comienza a trabajar en los números mágicos.

Se había propuesto averiguar por qué los núcleos con cierto número de neutrones y protones parecen ser más estables que los núcleos con un número diferente de las partículas elementales. Estos son los números mágicos. Este modelo es particularmente útil para explicar los diferentes aspectos del proceso de fisión.

Esta teoría la unió a J. Hans D. Jensen, otro físico que desde el otro lado del Atlántico trabajaba en la misma hipótesis y llegó a las mismas conclusiones. La unión de estos dos talentos fue crucial en la vida de Maria y, por qué no, también para el futuro dela Física.

Con Jensen comenzó una fructífera colaboración -publicaron un libro juntos- que culminó con el Nobel de Física en 1963 por los descubrimientos relacionados con la corteza atómica.

En 1956, fue elegida miembro de la Academia Nacionalde Ciencias, pero no será hasta cuatro años más tarde, en 1960 y apenas tres antes de ser galardonada con el Nobel, cuando consiga una plaza de profesora titular de Física enla Universidad de La Jolla, California. Una plaza que ocupó hasta su muerte en 1972.

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