El síndrome urémico hemolítico es una complicación no infrecuente de las diarreas causadas por bacterias. Se debe a Escherichia coli pero aparece incluso después de pasar la diarrea por completo y sobre todo afecta a los niños.

Una gastroenteritis no es algo tan banal como pudiera parecer. La intensa deshidratación que se puede llegar a producir favorece desvanecimientos y caídas, perjudica intensamente al riñón y en ocasiones puede provocar problemas de riego sanguíneo a personas mayores con aterosclerosis, ocasionando isquemia o un infarto. Las gastroenteritis son por definición prevenibles por la higiene y si bien nunca se reducirán a cero, la incidencia actual es inaceptable. Las medidas de higiene se ciñen al lavado adecuado de las manos, lavado de los alimentos para consumo en crudo y cocinado correcto de los que se toman calientes, así como una correcta conservación en frío o en calor por un tiempo limitado.

La actual epidemia alemana se debe a una toxina producida por la bacteria E. coli O104:H4. Por su dimensión y brusca aparición, ha resultado una alerta internacional volcada a los medios. Como el alimento fuente parecen ser pepinos cultivados en España, se trata de uno de los culebrones mediáticos del verano que se avecina. 

Hay que hacer alguna consideración que puede resultar interesante para contrarrestar algunas opiniones algo aventuradas. Por ejemplo, se sugiere que al tratarse de alimentos ecológicos (o biológicos) el uso de abonos orgánicos podía estar en la base del problema. En mi opinión esto es muy improbable. El pepino crece en espalderas, o colgado en hileras, pues las cucurbitáceas son enredaderas: no toca el suelo y nunca se contamina con abono. Las cooperativas lavan con agua las hortalizas y el producto es transportado en cajas lejos del suelo. Todo este procedimiento es enormemente cuidadoso y poco proclive a la intensa contaminación que se precisaría para desencadenar esta epidemia.

Pues bien, la empresa productora dice tener confirmación escrita de que una carga de pepinos se cayó en el camión y el suelo del mercado de Hamburgo. Lo que me hizo recordar aquel importante brote interestatal de salmonelosis en Estados Unidos por consumo de marihuana. El origen de la contaminación de la droga fue el camión de transporte de cerdos que también ocultaba la marihuana.

Para que se produzca un brote explosivo por vehículo común (así llamamos a la epidemia que surge de una fuente única, por ejemplo un alimento) tiene que haberse producido un evento excepcional de contaminación. Y ello precisa que una importante cantidad de alimento esté en contacto directo con el residuo orgánico contaminado. En el caso de las verduras de piel rugosa, el pelado o el lavado escrupuloso habrían evitado el problema, no obstante.

Una pregunta lógica que se hará la gente es por qué se supo pronto que el alimento en cuestión era uno u otro. La respuesta es un tipo de estudio epidemiológico llamado de casos y controles. Mediante un cuestionario se identifican los alimentos que han consumido todos los enfermos accesibles y como controles se eligen personas sanas del mismo entorno. Comparando la proporción de consumidores entre enfermos y sanos, dos a dos, se determina rápidamente qué alimento predominó entre los afectados. Después se estudian estadísticamente todos los alimentos a la vez, para descartar aquellos que se asocian entre sí, por mera casualidad, o los que potencian o reducen el riesgo.

Por eso se conoce cuál es el alimento. Pero el largo recorrido de la comida hasta nuestro plato tiene momentos críticos como el transporte, el manipulado, y el cocinado y conservación posterior, que pueden elevar su riesgo, o reducirlo, como sería el caso del lavado de las verduras.

Atribuir el pecado siempre al toponímico es como atribuírselo a mujeres, negros o judíos. Un acto fallido fruto de idelogías nefastas. Suelen ser los hechos, no los a priori, los que explican un problema. Y en este caso la respuesta parece hallarse lejos de España.

Juan Martínez

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