Urge resolver el acuciante problema de financiación de la sanidad, cuyos costes han crecido y crecen por las nuevas demandas asistenciales de una población envejecida y por la realidad tanto tiempo deseada de eficaces terapias y nuevas tecnologías diagnósticas. Urge acabar con el abuso del empleo precario en el sector salud, en el que plazas orgánicas son ocupadas por eventuales sin oposiciones anuales o sin laboralizar dignamente. Urge atender bien al paciente concreto cada día.

Urgen tantas cosas en la vida de cada profesional, en el quehacer cotidiano del cuidado del paciente concreto. Y en sus vidas personales, que no nos olvidemos, cada profesional tiene padres, pareja, hijos…

Sin embargo, lo importante no es, paradójicamente, nada de eso. Lo importante en sanidad es el derecho de las personas a no enfermar si ello es evitable y a no morir prematuramente. Eso es lo verdaderamente importante. Porque la curación y rehabilitación, lo que nos ocupa tanto y a tantos no es más que, con frecuencia, la constatación del fracaso de la prevención. 

Durante la década de los ochenta y noventa, por ejemplo, había en España plantas enteras de hospitalización dedicadas a pacientes con cirrosis hepática por hepatitis B. ¡Y ya había vacuna! Durante los noventa y la pasada década, lo mismo sucedió con pacientes de sida. ¡Y había quien dudaba de la idoneidad de los programas de metadona e intercambio de jeringuillas! Y para remate, siendo la primera causa de muerte prematura en España por años potenciales de vida perdidos… ¡miles de personas opinaron en la calle y en medios de comunicación contra la rebaja a 110 de la velocidad en autopistas!

Lo que quieren los ciudadanos es no enfermar, por muy buenos trasplantes que seamos capaces de realizar. Es un fracaso colectivo que la mayoría de esos pacientes que van a recibir un trasplante renal sean, por ejemplo, hipertensos ignorantes de su problema durante décadas.

Lo importante, en el otro plano, es que el profesional sea una persona feliz. ¡Vaya descubrimiento! Al pan, pan, y al vino, vino, señores: la felicidad es el objetivo de la existencia humana probablemente más querido por los individuos en su fuero interno. Y para ello, cada cual debe bucear en su interior con sinceridad, sopesando qué hago, por qué lo hago y si me proporciona esa porción de felicidad que requiero. Y nuestros directivos son gestores de personas. A un profesional le reporta felicidad una remuneración acorde con su valía y esfuerzo, pero mucho más que eso, fíjense bien, por encima de eso, es más motivante para el profesional sentirse respetado, reconocido, apoyado y poder ejercer su tarea en un buen clima laboral, que potencie su misión, sea cual sea ésta.

Así pues, hagamos lo urgente, pero dediquémonos con toda la fuerza de que dispongamos a lo importante.

Juan Martínez

About these ads