Mar de Barents

“Hay tres clases de hombres: los vivos, los muertos y los que navegan” (Sócrates)

No era fácil parir en la Holandaimperialista del siglo XVI pero morir se convertía, a veces, en una complicación. Eso es lo que le sucedió a la expedición dirigida por el asesor científico Willem Barents que zarpó de Amsterdam un placentero 10 de mayo de 1596 rumbo al Extremo Oriente por la ruta inhóspita del norte dela Tierra. Era el tercer intento por abrir una nueva vía que acortara los plazos de navegación hacia Indonesia, Sri Lanka y Taiwán. Cansado de estrepitosos fracasos en plena época de expansionismo colonial, el pragmático Estado General marítimo holandés anunció que ya no malgastaría su gigantesco presupuesto en viajes a la aventura. El de Barents -dos buques de madera capitaneados por Jacob van Heemskerk y Jan Cornelisz Rijp- sería el último.

Con 26 tripulantes a bordo, decidieron poner rumbo hacia latitudes altas, hacia el Polo Norte. La ruta fue fijada en tierra firme por un influyente teólogo y cartógrafo llamado Petrus Plancius, a quien el viejo lobo de Barents consideraba un picapedrero de las tierras bajas, un ignorante de las venganzas que urde el mar. Sin embargo, le resultó imposible variar el plan marcado. Rijp era un fiel escudero de Plancius. Era primavera avanzada y el sol tenía que haber fundido cualquier barrera de hielo. 

Pero fue la marea y los puños de Rijp los que arrastraron a toda la expedición hasta la isla del Oso, en el archipiélago de Svalbard, al norte de Noruega, y unos días después a la isla de Spitsbergen, en lo que hoy se conoce como el Mar de Barents. Era 10 de junio. A partir de ese momento la expedición entró en el ensueño del Polo y, envueltos en su fantástica máquina del tiempo, fueron saltando de isla en isla, de bahías a calas, de arenales a ensenadas, perdidos en un crucero sin refinamientos. El 1 de julio todos despertaron sobresaltados. El mar les había atrapado como una rueda de molino y se encontraron, de nuevo, frente a la isla del Oso. La tripulación acabó perdiendo la compostura y se liaron a golpes.

Ese día se consumó la escisión. Barents, Van Heemskerk y 14 hombres pusieron proa hacia el noreste, mientras que el inquebrantable católico Rijp puso rumbo hacia el polo. Dos semanas más tarde, los primeros llegaron a Nueva Zembla, un archipiélago del ártico de Rusia, en medio de una desesperada navegación entre icebergs y témpanos a la deriva que, al final, se convirtieron en una inmensa ratonera. El 11 de septiembre de 1596 el Ártico impuso su ley.

La trampa del hielo, que pone al hombre al límite de su existencia. Un invierno polar en el siglo XVI tenía que ser gélidamente infernal. Los 16 tripulantes se las apañaron para sobrevivir a 50 grados bajo cero y comenzaron por desarmar parte del cascarón de su barco para construir un pequeño refugio, al que llamaron Het Behouden Huys (La Casadel Guarda, en español). En su interior calentaban piedras y balas de cañón, confeccionaron mantas y prendas de vestir con las velas.

El 8 de noviembre, el hambre tocó a la puerta. La poca caza y la ausencia absoluta de vitamina C propagaron el escorbuto. Murieron tres marineros. Con la tripulación deshecha por los estragos de la enfermedad, llegó junio y decidieron buscar una escapatoria. Los supervivientes se hicieron a la mar en dos pequeños botes abiertos. Barents no tuvo ni tiempo para ello. Murió de repente, puede que de un infarto o quizá de una hemorragia interna, mientras estudiaba las cartas de navegación que debían guiarles hacia la salvación. Es la leyenda la que dice que yace bajo los hielos. No existe ninguna tumba pero no seré yo quien dé un solo euro por negar su existencia.

Los doce miembros de la tripulación restantes llegaron a Ámsterdam el 1 de noviembre de 1597. Ninguno de ellos tuvo el arrojo de volver a zarpar. Fue el miedo a sufrir otra gigantesca marea. Su legado es inmenso. Los hallazgos científicos alcanzados fueron deslumbrantes, aunque esa es otra historia.

Gorka Castillo

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