Los seres humanos somos máquinas complejas sujetas a cambios muy acusados por efecto del entorno en el que vivimos. Hace unas semanas escribía sobre la euforia, haciendo alusión a cómo una buena noticia podía hacer cambiar el estado de ánimo de una persona hasta límites insospechados.

En una dirección diametralmente opuesta se encuentra una sensación que también es frecuente y que, a diferencia de la euforia, no es precisamente agradable. Me refiero a la tristeza o pena que sentimos en algunas ocasiones y que, incluso, puede conducir a una depresión.

La tristeza puede estar originada por numerosos motivos, no voy a entrar en ellos; sin embargo, con independencia de su origen, parece que puede seguir un patrón semejante en todos los casos. Así pues, estímulos desagradables pueden ejercer un efecto sobreexcitador en una zona del cerebro llamada hipotálamo, de modo que las neuronas de esta zona producen una sustancia llamada factor liberador de la corticotropina o FLC. Esta molécula es capaz de hacer que el cerebro secrete la hormona de crecimiento al torrente sanguíneo y que esta llegue a las glándulas suprarrenales. 

En la parte más externa de las glándulas suprarrenales, la hormona de crecimiento estimula la síntesis de una molécula llamada cortisol. Esta predispone al cuerpo, tanto física como psíquicamente, para el estrés. Dentro de los cambios inducidos por el cortisol estarían el insomnio, la inquietud nerviosa o ansiedad y una serie de síntomas depresivos.

A nivel nervioso, una disminución de los neurotransmisores noradrenalina y serotonina en el cerebro sería la responsable de la aparición de la sensación de pena o tristeza. Lo que sucede es que esos niveles bajos de ambos neurotransmisores producen la sensación de pena y de debilidad mental. No se sabe con precisión la relación causa-efecto, es decir, no se sabe por qué un bajón de serotonina conduce a la sensación de tristeza, pero está claro que, en los procesos depresivos, el empleo de fármacos para permitir que exista más serotonina en las sinápsis del cerebro conduce a una recuperación de las depresiones.

Una aparente solución a la tristeza, si consideramos que esta es debida a unos niveles bajos de serotonina, es incrementar en nuestro cerebro los niveles del precursor de la serotonina, que es el aminoácido triptófano. Esto se consigue consumiendo proteínas, carne, pescado o aves, en condiciones moderadas, y mayores niveles de carbohidratos (patata, pasta, arroz). Los carbohidratos, sobre todo los simples, inducen la producción de insulina que hace que los tejidos capten aminoácidos del torrente sanguíneo, todos menos el triptófano. Esto significa que, al cabo de unos instantes, el aminoácido predominante en la sangre es el triptófano, que será captado en abundancia por el cerebro. Si el cerebro capta triptófano, podrá fabricar serotonina y, por consiguiente, hacer que las neuronas se recuperen y la tristeza comience a desaparecer…

¿Sabéis un alimento que es rico en azucares y triptófano y que, además, se asocia a un aumento del buen humor? Sí, no podía ser otro: el chocolate.

Jesús Pintor

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