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En noviembre de 2010, el fotoperiodista madrileño Ángel Navarrete comenzó un impresionante trabajo sobre las consecuencias del accidente nuclear de Chernóbil, el más grave de la historia. Viajó a la zona de exclusión como un lobo estepario dispuesto a registrar lo que queda en un región asolada por la carcoma radiactiva. El objetivo de su trabajo, de este trabajo que ustedes pueden contemplar, era refrescar una memoria colectiva demasiado flaca con el dolor ajeno, demasiado dispuesta a pasar de página o cambiar de canal cuando las tinieblas cubren el escenario de la vida. El resultado cosechado no pudo ser más turbador.

Esta narración fotográfica de lo que allí sucede hoy, 25 años después del accidente, devuelve a la gente el protagonismo que la maldita actualidad les arrebata cada día. Estas imágenes muestran la voz muda de aquellos a los que la desgracia les segó toda esperanza y fulminó cualquier apuesta de futuro. Todos ellos tienen nombres y apellidos, y todos muestran sin pudor un proceso de demolición interno tan atroz que sólo podemos imaginarlo porque lo desconocemos. 

Se trata de un viaje intenso y cruel. Un recorrido imaginario por aquella mañana del 26 de abril de 1986 cuando ninguno de los 43.000 habitantes que entonces vivían en Prípiat sabía que el cuarto reactor dela Central NuclearV.I. Lenin, a escasos tres kilómetros del centro urbano, empezaba a fundirse como una barra de mantequilla. Entonces, todos dormían. Los soviéticos, que construyeron esta urbe en honor de la masa obrera, la estaban convirtiendo en un verdadero infierno. El caos hizo el resto.

Casi dos días tardaron las autoridades en evacuar a la población, y cuando al fin organizaron la huida, ya era tarde. La radiactividad del núcleo emanaba como el aliento tóxico de un dragón 500 veces más poderoso que el que destruyó Hiroshima. Y en pocas horas aquella nube se expandió por la región como un manto espectral.

Pero los próceres que gobernaban el país tuvieron una brillante idea: mantener abiertos los tres reactores no siniestrados. Y, para más dislate, decidieron prolongar esa situación durante 14 años. Es lo que tiene la dependencia energética. No repara en gastos humanos.

A cambio de mantener en funcionamiento a Chernóbil, el Kremlin accedió a sellar el núcleo dañado con 5.000  toneladas de arena, arcilla, plomo, dolomita y boro mientras cavaban un túnel para implantar un sistema de refrigeración bajo el reactor fundido. Este túnel fue construido por reservistas del ejército ruso, jóvenes de entre 20 y 30 años que terminaron muriendo pocos años después. Las obras duraron 206 días. Pero todo fue en vano.

El sistema de refrigeración jamás logró ser instalado. Y el túnel tuvo que ser rellenado con hormigón para evitar que el núcleo se hundiera por el peso de los materiales que le aislaba del mundo exterior.

Fue el primer intento de frenar aquella infamia. Desde 2004, se construye un nuevo sarcófago que entierre para siempre el cadáver deshecho de un reactor que aún palpita como una bestia agónica.

La radiactividad sigue libre. Un estudio reciente del Instituto de Inmunología de Rusia indica que el cáncer de tiroides en niños ha aumentado 88 veces en estos últimos 25 años.  Bielorrusia, el país más afectado por la contaminación, registra entre 14.000 y 31.000 casos extra cada año de cáncer de tiroides, mientras que la leucemia comenzó a multiplicarse por tres en las poblaciones expuestas cinco años después del accidente.

Hoy, Prípiat es en un decorado de sombras mientras miles de personas se enfrentan en el perímetro de la zona prohibida a una denodada lucha por la supervivencia.

La cámara ha regresado a aquel amanecer ardiente de hace 25 años en el que todos despertaron envueltos en una pesadilla. Las ventanas siguen igual de rotas. Las fachadas tienen idéntica suciedad. Ni siquiera las arañas han logrado labrar su camino entre tanto silencio, porque aquí el polvo también las mata. El tiempo se ha detenido en Prípiat, la ciudad desierta. Pero hoy, el ojo electrónico ha entrado en la misma habitación en la que, hace un cuarto de siglo, decidió hospedarse una muerte lenta e invisible. Para que veamos lo que un día hizo el hombre.

Gorka Castillo

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