Foto Carmen Romero

En la agenda sanitaria y social del siglo XX, apenas había hueco para el problema del maltrato a la mujer. Es sólo en la última década que por fin la sociedad española despertó de una ominosa amnesia de milenios y vio con claridad cuánto sufrimiento han infligido los hombres a las mujeres.

Maltratar a una mujer no es sólo agredirla físicamente. Todavía es frecuente que en consejos de administración, entre equipos directivos, en universidades u hospitales, los superiores hagan comentarios sobre la vestimenta o belleza de sus empleadas o colaboradoras. Aun en apariencia elogiosas, las más de las veces no son espontáneos comentarios entre compañeros, sino que pretenden una sutil forma de humillación. Y cuando un jefe humilla a un subordinado, su verdadero propósito es conseguir la sumisión. Por eso, este tipo de actitudes claramente machistas deben ser repudiadas y puestas también sobre el tapete como exponentes de un rancio modo de ser a extinguir. 

Casi siempre la mujer maltratada, en un primer momento, tiende a culpabilizarse: “¿Qué habré hecho yo para merecer esto?” Es necesario también que cualquier persona cercana, con afecto, le haga ver que esa reacción, aun siendo frecuente, es errónea: no ha hecho nada. En el maltratador o el jefe machista está todo el problema, ni más ni menos. Si la mujer comienza a tener una conducta de evitación, cambia su modo de vestir, de peinarse o de expresarse, el maltratador habrá conseguido parte de su humillante objetivo.

Por último, me gustaría decir que la situación simétrica también puede darse, aunque de modo diferente. El hombre maltratado lo suele ser por una mujer que, en una demanda permanente de afecto o de protagonismo, o por la suma de múltiples factores temperamentales y ambientales, hace que su pareja se convierta en el chivo expiatorio de cada arrebato de frustración. Como en aquella vieja película cuyo título olvidé, algunos hombres afirman: “El día que me casé descubrí que si llovía era por culpa mía”.

Juan Martínez

About these ads