Trabajadores de TEPCO construyendo una bomba de agua para la central de Fukushima. Foto del PACOM

Fukushima es hoy un paraje muerto. Lo más parecido a un mundo deshecho por un enemigo invisible y demasiado poderoso. A punto de cumplirse un mes del devastador terremoto y posterior tsunami que asoló la costa este de Japón, la catástrofe provocada por la central nuclear sigue siendo incalculable. Los núcleos de tres de los seis reactores de la planta han fusionado de forma parcial, un cuarto se encuentra en un estado deplorable y la vasija de contención del reactor 2 cedió hace días a la ardiente presión interna, dejando escapar al mar más de 11.500 toneladas de agua colmada de yodo-131 y cesio-137, dos elementos altamente radiactivos.

He aquí el escenario ideal para otra novela de Cormac McCarthy, si no fuera porque al otro lado del perímetro de aislamiento hay miles de personas aguardando la sentencia sin una mueca en el rostro. Y lo que es más sorprendente: asumiendo con cierta resignación que la contaminación que emana de Fukushima ya ha saltado a la cadena alimentaria. El Gobierno de Tokio ha difundido dónde reside la condena. Esta misma semana han descubierto gigantescas dosis de cesio en la anguila, una de las bases de la dieta local. El impacto de la catástrofe se transforma así en una espera indefinida dentro del cúmulo de desgracias que, para muchos japoneses, comenzó el 11 de marzo. 

Y aunque que quizá no sea correcto recordar los efectos destructivos que 25 años después sigue provocando la planta nuclear de Chernóbil, el escenario que emana hoy de Fukushima es aun más desalentador. Los expertos se quejan amargamente de las comparaciones y difunden que equiparar ambos accidentes sólo puede provocar alarmas innecesarias. Para ellos no existen similitudes: Japón no es la URSS. Un argumento para aplacar cualquier atisbo de crítica. Claro que tras esa certeza científica se ocultaba el detalle de que la radiación acuífera en la zona dañada supera en 7,5 millones de veces la cantidad asimilable por un ser vivo. Y está la televisión e internet. Los soviéticos no querían testigos pero aquí hubo notarios del suceso, decenas de canales transmitiendo en directo para que nadie pudiera perdérselo. Es lo que tiene este accidente nuclear.

Imágenes que provocan incendios en la imaginación de los seres humanos amenazados. El resultado de enfrentarse a un enemigo indestructible durante miles de años. Y que puede extenderse por el planeta empujado por los vientos dominantes. Es tal la argamasa propagandística puesta en marcha para minimizar la catástrofe que hoy parece que los culpables del temor a las consecuencias del desastre son los periodistas.

En un reciente artículo publicado en Más que Ciencia, se explicaba que jamás podrá concretarse que la causa del cáncer de un solo paciente sea la fuga radiactiva de Fukushima. Pero el autor confirmaba sin ambages que existe la certeza estadística de que este accidente nuclear matará de cáncer a algunos de los lectores de la nota. El texto fue redactado el día de la primera explosión retransmitida y entonces las vasijas de contención aun no habían cedido.

Pero la controversia desatada sobre el peligro de Fukushima ya no es un misterio hermético ni indescifrable. El miedo inicial quedó relegado a estorbo en cuanto se supo que la evacuación de agua radioactiva al mar era un mal menor. Y ya se sabe que la vida no se lleva muy bien con la radiación de alta energía.

Volvamos la mirada a Chernóbil por ultima vez. A 45 kilómetros de la central siniestrada, fuera del área de exclusión, que aun existe, se construyó apresuradamente una ciudad llamada Slavutich para dar cobijo a los miles de refugiados que provocó el accidente. A su alrededor hay bosques colonizados por una vegetación de sobria belleza silenciosa. Uno de ellos llama la atención. Fue bautizado con el nombre de “Bosque rojo”, un oasis falso envuelto en un polvo invisible que todo lo pudre, que todo lo devora. Las plantas siguen sin poder elaborar la fotosíntesis y han mutado su color. Un cuarto de siglo después del cataclismo, aquello sigue siendo el paraíso para las alteraciones genéticas, el cáncer y la muerte al ralentí.

Gorka Castillo

 

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